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Amansadura: el fracaso de la comunidad

Fuimos a ver Amansadura, una obra sobre cinco representantes de una asamblea que asumen la tarea de solucionar un conflicto social que les supera, dejando entrever los lugares comunes de la democracia chilena: clasismo, racismo y homofobia.

 

Amansadura, dirigida por Pablo Manzi, trae a escena la historia de cinco ciudadanos escogidos para generar una asamblea que permita resolver los conflictos con una empresa, que ante la falta de respuestas, es asediada por una facción radical que ha decidido hacer uso de la violencia para obtener lo que demandan.

Pero lo que debía ser resuelto rápida y diligentemente, pronto se entrampa en discusiones de todo tipo, desde detalles administrativos, hasta la filtración de discursos racistas, clasistas y homofóbicos, escondidos detrás de toda esa nauseabunda narrativa de la tolerancia, la democracia y el consenso. Sea o no esto un llamado de atención –al modo de una premonición- para cualquier intentona asambleísta popular en Chile, no se debe pensar que estamos frente a una obra como Irredentos de Antonio Acevedo Hernández, llena de épica organizativa.

No, nuestra época exige otro relato, sin grandes hazañas o tragedias sociales, no porque el estatuto de la tragedia haya sido anulado, sino porque lo común ha sido devastado en nombre de lo individual, prevaleciendo sujetos que no cuentan historias, que deambulan desorientados y despolitizados.

Y desde esta desorientación se articulan todos los personajes: Carlos, es un trabajador machista y sin mayor estudio, que ha renunciado a toda expectativa de mejorar su vida, viviendo de un pasado que colisiona permanentemente con el presente; Julia es una feminista pro Concertación, que no puede evitar desteñir clasismo, siendo incapaz de relacionarse con gente que no hable bien (“no puedes estar en este consejo, porque no estamos en condiciones de igualdad”, le dice a su colega enrostrándole su nivel educacional); Mauro es un hermético profesor del que poco se conoce en su vida privada –lo que le vale una sospecha sobre su sexualidad-; Lucho es un anciano que ejerce como profesor, haciendo pública su utopía guerrillera, pansexual y anarcolibertaria (lo que, paradójicamente no le impide hacer clases a los hijos de los vecinos); Paulita es una niña rechazada cuyo temprano despertar sexual funciona como prebenda para la aceptación social; Jaime, papá de Paulita es un profesional competente, diligente y optimista, encargado de dirigir la asamblea con su aparente voluntad tolerante y democrática, lo que le valdrá un puesto de gerencia en caso de resolver el conflicto con la empresa (cualquier parecido al desfile de ministros de estado en el ámbito privado es pura coincidencia).

Los integrantes de la asamblea consideran su labor meramente resolutiva, afirmando que lo necesario para resolver cualquier conflicto “son proyectos, no ideología”, lo que implica reuniones con cuanta asociación hay (“tenemos reunión con la Agrupación de Mujeres Violentadas Físicamente, la Agrupación de Mujeres Violentadas Sicológicamente…”, indica el secretario) y un set de habilidades blandas que en realidad solo Jaime parece poseer, y que no es otra cosa que la renovación del discurso tecnócrata para el siglo XXI que vemos hoy en couchings empresariales, etc.

El resultado es el fracaso. Tanto de los votantes como de los votados. Porque lo que sucede a continuación de la reunión, es la radicalización de las protestas frente a una asamblea que ha generado expectativas que nadie pidió. Asamblea y votantes hablan un lenguaje distinto, pero que en ambos casos, parece agotado. La aparente violación de la hija de Jaime sólo complica las cosas y hace entrar en crisis su rol de mediador.

Jaime, en efecto, es la representación de ese ciudadano políticamente correcto que hoy abunda, y que cree poder mejorar las cosas, sin cambiar nada, menos a si mismo. Con el caso de su hija, el proceso de degradación se acentúa al punto de renunciar a esos valores que resultaron no ser tan sólidos como parecían, reafirmando en última instancia el mismo discurso neoconservador de Carlos: no hay futuro, no se puede hacer nada, no hay respeto, etc.

Lo que se reitera al fin y al cabo, es la incapacidad de cada uno de los personajes de resolver sus propios conflictos. Creyeron poder dar soluciones no “ideológicas”, sin comprender que, como bien indica Slavoj Zizek, la ideología no es solo el mundo en que vivimos, sino también las maneras erróneas en que creemos escapar de él”. El problema se torna peor en tanto a cada uno de los representantes le es imposible aceptar realmente la realidad de su compañero. Entiéndase esto sin cristianismos, sino más bien como prerrequisito para la constitución de cualquier espacio común y de cualquier sociedad: nos constituimos como sujetos frente a la mirada de un otro. Pero, ojo, esa mirada no significa consenso.

La imposibilidad de llegar a acuerdos no responde a una multiplicidad de miradas que no logran conciliarse, sino a un diálogo de sordos entre delegados amputados de una narrativa que pueda expresarse en lo común, sobre lo común. En cambio, lo que hay son dos caminos: el cinismo en que terminan los grandes acuerdos que vemos cada cierto tiempo en la clase política, o el fracaso. La obra se inclina por mostrarnos este segundo momento, donde la horadada fórmula del consenso no da los mismos resultados. Y si el consenso es omisión, su fracaso es pura represión.

En efecto, Amansadura es la puesta en acto de la represión neoliberal, ese extraño tipo de autocensura de quien defiende su libertad a ser reprimido (la obra se adelanta aquí al surgimiento de la CONFEPA, lo que permite entender mejor su retorcida moralidad) en donde libre elección y democracia son valores defendidos sin cuestionamientos. En este punto, la obra hace justo lo que uno pide en nombre de un teatro lúcidamente político: supera la mímesis, es decir, deja de perfilar contextos, para excederlos tensionando no sólo los discursos hegemónicos, sino los espejismos de cambio, que dan vida a la idea de democracia, tolerancia, respeto, etc.

El resultado es la fisura de la realidad. Sin ir más lejos, -y de entrada- el chiste con la muerte de Daniel Zamudio, deja a tres cuartos de la sala desconcertada sin saber si reír o afectarse. Y sin embargo la operación que se ha hecho es simple: evidenciar que detrás de todo ese manido lenguaje y estética progresista, nada ha cambiado.

Amansadura es, sin duda, una de las mejores obras de este último tiempo. Estamos frente a una puesta en escena técnicamente compacta y precisa, cuya exploración estética no presume requerir condiciones sensibles específicas, sosteniendo un discurso potente e indisciplinado, que se constituye desde una radical negatividad, entendida no como pesimismo (va siendo hora de superar el lugar común), sino como señalamiento y oposición a los límites de la democracia en Chile.

Ficha Artística
Dramaturgia y Dirección: Pablo Manzi
Elenco: Paulina Giglio, Gabriel Urzúa, Franco Toledo, Gabriel Cañas, Andreina Olivari, Carlos Donoso.
Diseño Integral: Los Contadores Auditores
Música: Camilo Catepillán
Producción: Iván Parra
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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.