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Constanza muere: el teatro como posibilidad de juego y creación

Alexis Acuña fue a ver “Constanza muere” del director y dramaturgo argentino Ariel Farace. La obra se presentó en el Teatro Municipal de Las Condes en el marco del FIBA.

Por Alexis Acuña

El aterrizaje del FIBA (Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires) en nuestras tierras ya es una grata costumbre para la escena teatral santiaguina. Tres han sido los montajes escogidos para esta versión: Constanza muere, The tiger Lillies perform Hamlet y País clandestino. El pasado 7 y 8 de octubre se presentó Constanza muere del director y dramaturgo Ariel Farace. Pieza lúdica y sencilla, la cual ofrece varios elementos para pensar el teatro desde otros ámbitos de nuestra experiencia, no siempre afables de tratar desde las tablas.

Dos actrices y un actor: por un lado la anciana Constanza (Analía Couceyro) y una pequeña niña de vestido rojo (Florencia Sgandurra), por el otro, un asno disfrazado con los atuendos cliché para representar a la muerte (Matías Vértiz): capa negra, capucha y una guadaña.

Podríamos creer que el título de la obra no deja dudas respecto a lo que vamos a presenciar (la muerte de un personaje). Sin embargo, no vemos agonía, dolor, ni llanto en los rostros de los personajes. Por el contrario, encontramos a una anciana hablando y jugando como quien sólo quiere que pase el tiempo, una niña virtuosa en el arte de tocar el piano, y una cómica representación de la muerte, alejada de cualquier fatalismo.

El vínculo entre estos personajes, puestos en escena junto a un cúmulo de objetos cotidianos dispuestos de particular manera por el espacio escénico, sin duda puede intrigar a cualquier espectador. La reunión de estos particulares elementos puede ser aún más intrigante si nos enteramos que el propio Farace ha llamado a su trabajo artístico como un teatro poético.

En primer lugar, usar esta denominación resulta siempre problemático cuando pareciera que con ello se intenta elevar estéticamente un peldaño más cualquier propuesta artística. Entonces, habría que comenzar por preguntarse por qué es poético o bien, qué idea sobre lo poético se desprende de la obra de Farace.

En esta línea, nos parece que en Constanza muere este carácter poético se entiende desde la materia con la cual trabaja y el doble desafío que ello supone. En efecto, Farace trabaja con una materia especialmente problemática para el ámbito escénico como lo es la imaginación. Si entendemos el teatro como un acontecimiento, tanto por su carácter espectacular como por hacer sentir el presente de una situación, ¿Cómo hacer converger y presentar en escena recuerdos de infancia, ideas preconcebidas sobre la muerte, fragmentos añosos de toda una vida?

La respuesta a esta pregunta nos remite al doble desafío que afronta Constanza: por un lado, hacer presente la idea sobre la muerte en el acotado espacio escénico, y por otro, la manera en que Constanza dialoga y juega con esa idea. La convergencia de estos elementos resulta determinante para el éxito de la propuesta. Porque Constanza no murió o va a morir, Constanza muere y por tanto, lo que presenciamos es un proceso, el cual se carga de signos y palabras, los que tienen un pie en el plano escénico (material) y otro en el plano onírico (ideal).

En primer lugar, la puesta en escena no nos remite a la representación mimética de la sala de estar de la anciana Constanza. Lo que en realidad presenciamos es una proyección de sus recuerdos escenificada. Montones de pequeños objetos (juguetes, orfebrería, platería, etc.) son dispuestos para dividir y delimitar el espacio, a ellos se suma un sofá, la planta de interior relegada a un rincón, el piano y el comedor. Cada uno de estos objetos adquiere significancia al ser escogido y dispuesto, consciente o inconscientemente, por la imaginación de Constanza.

En segundo lugar, lo que en realidad ocupa la centralidad de ese espacio es la palabra. Constanza habla con la Muerte, le lee poesía, canta, revisan su álbum fotográfico. En este sentido, el contraste es evidente respecto a los otros personajes: la Muerte emite sonidos cacofónicos y alguna palabra aislada, mientras que la niña nunca habla, aunque se expresa tocando el piano. Pero es la palabra el recurso con que Constanza crea y recrea  el proceso de desintegración que significa la muerte y lo hace recurriendo a lo que pareciera ser lo único asible en el instante: sus recuerdos cotidianos.

Por tanto, el acto imaginativo es lo que permite teatralizar el proceso de morir. En esta construcción, casi se podría decir que lo objetos en cuanto tales aparecen porque Constanza los nombra y juega con ellos. Este carácter lúdico es determinante para el desarrollo de la obra. Todo recuerdo y palabra, cada movimiento y contorsión de Constanza son parte de un juego, los cuales actúan como simulacros ante el vacío. El juego físico y verbal es lo que nos transporta de una situación a otra y su libertad hace prescindir toda causalidad entre recuerdos, conversaciones, canciones y lecturas poéticas.

El desenlace no es más que el agotamiento natural de todos estos simulacros. Pero es en su posibilidad de expresión escénica donde reside el carácter poético antes aludido. Es sabido que la palabra poesía deriva del griego poiesis (creación) y como tal, logra expresar el espíritu de Constanza muere: Un juego escénico donde creación y destrucción están en permanente diálogo.

Ficha Artística

Dirección y dramaturgia: Ariel Farace

Intérpretes: Analía Couceyro, Florencia Sgandurra y Matías Vértiz

Asistencia de dirección: Juan Manuel Wolcoff

Asistencia de montaje: Maxi Murad

Operación de luces: Adrián Grimozzi

Asesoramiento danza: Susana Brussa

Selección musical: Ariel Farace y Florencia Sgandurra

Diseño de Iluminación: Matías Sendón

Diseño de Vestuario: Gabriela Aurora Fernández

Diseño de Escenografía: Mariana Tirantte

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