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Diatriba el desaparecido: Juan Radrigán y las diatribas del teatro

Alexis Acuña fue a ver “Diatriba el desaparecido” de Juan Radrigán, dirigido por Rodrigo Pérez en GAM. 

 

Por Alexis Acuña 

 

Nuevamente aparece en la cartelera teatral del Centro Cultural Gabriel Mistral (GAM) una obra de Juan Radrigán. Esta es Diatriba el desaparecido, bajo la dirección de Rodrigo Pérez. Ya en marzo tuvimos la oportunidad de ver Clausurado por ausencia, con la dirección de Francisco Krebs. No es para sorprendernos esta recurrencia al teatro de Radrigán si consideramos que transcurre septiembre, mes signado como periodo de memoria y protesta hace 44 años un martes 11 de septiembre de 1973. Esto porque protesta y memoria son dos conceptos que bien podrían sintetizar la obra de Radrigán. Sumado a ellos, podríamos agregar un tercero: la marginalidad.

En efecto, si el teatro, en su afán de levantar un discurso performático, busca situarse en la incómoda posición del margen para así, darse impulso como expresión artística en diálogo y tensión con la contingencia de una colectividad, el teatro de Radrigán busca decididamente situarse desde la experiencia límite de la carencia. Esto podemos visualizarlo desde la construcción de sus personajes, seres marginados que no tienen más que su voz para dar cuenta que existen ( y por supuesto, a ese otro u otra que resulta siempre su complemento, llámese personajes o público), hasta una puesta en escena desprovista de toda confección, sin más que los artilugios imprescindibles para sus personajes y un necesario trabajo de iluminación que resulte revelador.

En esta oportunidad, Rodrigo Pérez elabora, teniendo como referencia la versión original de “Diatriba de la empecinada” de Radrigán, una versión que desarticula el monólogo de una Victoria Torres (Catalina Saavedra) dirigiéndose encolerizada a un público interpelado en su pasividad y deseo de diversión, para transformarlo en un discurso mediatizado por otros tres personajes (Marcela Millie, Guillermo Ugalde, Marco Rebolledo).

De manera alternativa, estos personajes son la primera voz que da inicio al discurso de Victoria. Luego ella lo retoma, vuelve a iniciar y le da continuidad. Una y otra vez se vuelve a las palabras que dan inicio a la obra anunciando la llegada de Victoria mirando al público, la joven actriz anunciando lo que Victoria piensa y finalmente Victoria retomando su monólogo. Sus palabras una y otra vez nos interpelan por la ausencia de su marido, el desaparecido. Quién es él y quién es Victoria lo vamos sabiendo de manera fragmentaria: Hombre de trabajo, buen marido, ávido en las artes amatorias, preocupado por las causas sociales y políticas, lo que fue motivo de su desgracia y la de Victoria. Pero por lo pronto, lo único que importa es su aparición.

La pequeña sala, incluido al público, se transforma en un único espacio, el cual se llena con las diatribas de Victoria. Hay un intento de saturación de ese espacio. Si las imprecaciones son un recurso apelativo directo hacia el público, también lo son la repetición y proliferación de su discurso. Lo protesta de Victoria pareciera que no basta con decirla una sola vez aprovechando la llegada de septiembre, es necesario aprovechar la oportunidad y saturar al espectador.

La vuelta reiterativa a las diatribas de Victoria se articula también con toda una serie de gestos, posiciones de los artistas en escena y uso del espacio a los que igualmente se vuelve. Por otro lado el sonido estridente y cacofónico puesto reiteradamente por los artistas da la sensación que todo lo que vemos y escuchamos resulta mediatizado, e incluso incomprensible. Este ruido distancia aún más al público de los intentos de los artistas por posicionar sus palabras y gestos.

Repetición y mediatización son, por tanto, dos importantes modificaciones contenidas en esta versión. La relevancia de ellas para su inclusión en la puesta en escena de Pérez responde a la insistencia necesaria sobre el concepto de memoria antes mencionado.

Tomándolos en su conjunto, estos recursos nos invitan a repensar la idea de memoria. ¿Es la memoria un volver a decir y hacer lo mismo insistentemente? O bien, ¿La memoria debe caer en el discurso de “lo nuevo” para mantenerse vigente?

Paradojalmente, en una sociedad como la chilena, con los cambios sociales y políticos vividos en la última década, donde el malestar social se combina con un deseo de superar cierto estado actual asumido como incómodo, los discursos sobre la memoria pueden caer en el riesgo de perder su potencial significativo, e incluso ser manipulados por quienes pretenden reescribir la historia. Se querría avanzar y superar los traumas, pero a coste de negar los hechos, llegando al punto de pretender equiparar a víctimas con victimarios.

El teatro de Radrigán nos actualiza y previene contra estas malas intenciones. Si volvemos a encontrarlo en cartelera es por su enorme capacidad de re-significar nuestro presente. Esto se potencia en la versión de Pérez al insistir mediante la repetición en un discurso que, por no resuelto, debe ser escuchado hasta el cansancio.

Pero ahora no es Victoria Pérez quien debe hacer frente en solitario al público, son otros (¿las nuevas generaciones?) quienes la secundan y acompañan en su dolor. Porque cuando la mentira y el olvido pretenden imponerse, el teatro siempre es una instancia para sumar voces y dejar en claro que lo ya dicho, si es necesario, debe volver a decirse con más fuerza.

Ficha Artística

Dirección: Rodrigo Pérez

Elenco: Catalina Saavedra, Marcela Millie, Guillermo Ugalde, Marco Rebolledo

Diseño de Escenografía y Vestuario: Catalina Devia

Diseño de Iluminación: Andrés Poirot

Fotografía: Roberto Contador

Productora: Maritza Estrada

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