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Estado vegetal: un verde extraño

Sebastián Pérez fue a ver Estado vegetal de Manuela Infante. La obra que se presenta en NAVE trae al teatro una discusión filosófica de alto calibre sin sacrificar su puesta en escena.

 

“Si fuera un árbol sería un Spinetta”
Charly García.

  

Durante los últimos tres siglos el ideal de progreso humano se ha construido sobre la certeza de que la realidad la percibe un Yo que mira e interviene a su antojo en el mundo. Ese Yo privilegiado, -unidad de medida del individuo- se autoafirma como lo uno frente a lo otro, dando por hecho que siempre eso otro comparece ante uno como algo diferente, extraño y no-igual (el otro bárbaro, el extranjero, el cuerpo enfermo o delictivo, y también, la naturaleza).

Cuestionar esta lógica es el objetivo de Estado vegetal de Manuela Infante, obra que se presenta en NAVE hasta el 5 de junio. La obra es el resultado del contacto de la propia Infante con las investigaciones del neurobiólogo Stefano Mancuso y el filósofo Michael Marder. Desde su área de trabajo, cada uno de ellos ha planteado la necesidad de cuestionar lo que sabemos respecto al mundo vegetal[1], redefiniendo nuestra relación con este reino desde un lugar menos arrogante y más vinculante, al punto de preguntarnos, por ejemplo, si las plantas tienen derecho a tener derechos en algo así como una declaración universal de derechos vegetales.

Estado vegetal tiene la forma de un monólogo que fue escrito por Infante y la actriz Marcela Salinas, quien también tiene la responsabilidad de interpretarlo durante casi una hora y media. A través de este monólogo conocemos dos historias: el caso de un joven bombero llamado Manuel que ha estrellado su motocicleta contra un árbol desmesuradamente frondoso, y el caso de una vieja anciana que decidió enterrarse hasta las piernas en el living de su casa junto con sus plantas de interior.

El monologo se compone en realidad de 6 o 7 voces interpretadas por Salinas, que en la ficción comparecen frente a la autoridad para dar detalles de ambos casos. Así aparece una vecina, el encargado municipal de áreas verdes, la madre del bombero, la vieja anciana, otro vecino, etc. Pero tanto lo que dicen estas voces como el modo en que aparecen, más confunde que aclara las cosas. Porque a ratos parecen seguir una línea argumentativa coherente, luego se pierden en detalles. En un momento permiten entender una información concreta, luego se multiplican como un coro fragmentado.

Se trata de una estrategia de montaje de Infante para hacer de la propia puesta en escena un modo de encarar ese otro teatro antropocéntrico desde esta lógica vegetal: historias que se ramifican, que se van por las ramas, que no llegan a la raíz del asunto y que en definitiva, nos resultan extrañas. En efecto, aquí todo el universo vegetal ingresa desde la extrañeza, no de la certeza. No se trata entonces de una obra activista que busque alentar la ecología, pues allí es todavía la racionalidad humana la que define los términos de la conservación de lo verde. En cambio, lo que se trata es de derrumbar el modelo racional-piramidal en el que nos hemos situado al tope.

Para eso Estado vegetal presenta dos escenarios posibles: uno donde lo vegetal es una bella utopía y otro donde se transforma en una terrible distopía. Utópica es la mirada de Manuel, quien imagina un mundo donde otra relación entre el reino animal y el vegetal es posible, ya sin separación entre mente y cuerpo, sin signos, sin lenguaje, sin necesidad de significarlo todo.

La mirada distópica por el contrario, nos muestra un universo paralelo donde los vegetales organizan una conspiración verde para apropiarse del planeta a costa de la humanidad y fundar un estado soberano vegetal. En este reverso, resultan ser ellos -los vegetales- los que han llevado adelante el juicio por el choque de la moto, son las plantas de interior las que han sometido a la vieja anciana y es el árbol el culpable alevoso del delito de homicidio frustrado del bombero motociclista.

Ambas miradas, una neohippie, otra apocalíptica, son dos modos antropocéntricos de entender el asunto. Porque no es que abrazando una sequoia o reponiendo ritos chamánicos pre-modernos se realicen utopías colaborativas que cambien el paradigma occidental de la cultura por algo múltiple, horizontal, etc. Acaso la utopía de Manuel sea -al estilo Walden o Into the wild-, una mitificación más de la naturaleza y no una posibilidad de imaginar nueva relación del humano con el mundo.

Pero tampoco es que el mundo vegetal sea un hostil antagonista. “El universo no es ni benigno ni hostil, simplemente es indiferente a nuestra existencia”, afirmó en una ocasión Carl Sagan. El punto entonces es la redefinición de categorías relacionales: la del sujeto con el mundo, la de consciencia en el mundo, la de ánima/vida, inteligencia, etc.

En Realismo Infante ya mostró visible interés en esta línea de trabajo y en pensar el teatro como un espacio desde donde abordar problemas filosóficos de este tipo que comportan una alta complejidad. Si antes intentó llevar a escena la discusión de aquella corriente conocida como realismo especulativo y su ontología de los objetos (es decir, pensar relación entre los humanos y las cosas desde la cosa misma y no el sujeto), ahora lo hace tomando posición desde la cosa-vegetal.

En esta búsqueda, siempre problemática, el teatro local gana muchísimo. Infante genera una ocasión para desorganizar el tradicional y conservador circuito teatral local, tomando distancia de sus procedimientos estéticos y discursivos. En cambio, la factura técnica de su trabajo es el mejor indicador de la necesidad -y la posibilidad- de repensar el teatro, de descomponerlo y volverlo a componer en forma y fondo. Porque ya sabemos, la técnica no es mera instrumentalidad… también genera sentido.

En suma, referentes lúcidos, discusiones necesarias y una estética propia hacen de Estado vegetal una de las mejores obras en lo que va de la temporada.

[1] Compartimos el 99,9% de la información genética con toda especie viva en el planeta, sea vegetal o animal. Si el código genético de todas las especies del planeta estuvieran en un libro, ocuparían 262 mil páginas de las que solo 500 corresponden a nuestra diferencia como especie. En ese sentido, los árboles son primos lejanos. Sin embargo, en tanto una planta puede –a diferencia del individuo- dividirse y no morir en el intento, su unidad mínima no es el Yo, sino lo múltiple. ¿Podemos pensar un mundo así? De poderse, mañana se acaba el capitalismo (y quizás que venga).

– Obra vista en junio de 2017.

Ficha Artística

Dirección Manuela Infante 

Dramaturgia Manuela Infante y Marcela Salinas 

Elenco Marcela Salinas

Diseño Integral Rocío Hernández 

Diseño y realización de utilería Ignacia Pizarro

Producción Carmina Infante 

Coproducción NAVE, Centro de Creación y Residencia – Fundación Teatro a Mil

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.