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Juego de niñas: mejor no hablar de ciertas cosas

Del taller de crítica teatral realizado durante enero de este año en conjunto con el Festival Internacional Santiago Off y la participación de Jóvenes Críticos GAM, salieron una serie de ejercicios de escritura crítica que hoy compartimos con nuestros lectores. Acá César Cuadra Basai escribe sobre “Juego de niñas”.

 

Por César Cuadra Basai

 

Bullanga Compañía Teatral trae desde España una singular propuesta al festival Santiago Off de este año y la instala en el Museo de la Educación Gabriela Mistral. Este espacio resulta significativo considerando que la obra titulada Juego de Niñas trata acerca de los riesgos a los que se ven expuestos en el mundo escolar los apoderados, profesores y, en particular, los niños. Así, a eso de las ocho de la tarde, el público cruza el umbral para convertirse en los apoderados de distintos niños de la escuela, recibidos por el cuerpo docente para una reunión.

La acogedora bienvenida permite que el público rápidamente se entregue al itinerario que la escuela tiene preparado. Los dibujos de los pupilos están expuestos en la sala de la reunión, donde todos los apoderados son sentados en círculo. Hay actividades prescolares para los apoderados y unas informaciones por entregar, aunque parece ser que algo anda mal y poco a poco se comienzan a atar los cabos. Esta propuesta ciertamente busca construir la obra teatral más allá de la convencionalidad escenográfica. Desde el momento en que las puertas se abren, el público se enfrenta a una experiencia dramática, en donde cada acción que apreciamos y los espacios por donde se mueve resultan significativos y así se desarrolla hasta que abandonamos el edificio. La misma ficción es la que invita a entrar, incluye en su acción y se preocupa de despedir con la cordialidad que el guion permite.

Ciertamente la locación del espectáculo fue un gran acierto, ya que con su respectiva adaptación a una escuela y la consistente interpretación de los personajes logra crear una atmósfera muy verosímil. Los espectadores se ven en la necesidad de adaptarse rápidamente para no ser un elemento ajeno al montaje. Varias intervenciones durante la obra refuerzan la incorporación de la audiencia al espectáculo, a pesar de los acentos extranjeros. Sin embargo, ocurre que a veces el público se entusiasma tanto en este afán de realidad que busca espacios para incorporarse más allá de los programados y no los encuentre y eso se hace evidente cuando los personajes desestiman o reaccionan escuetamente ante ciertos reparos inesperados. Dado que en esta obra su carácter envolvente resulta crucial, algo así como las casas del terror de los parques de diversiones, no incluir debidamente intervenciones más allá de las programadas de parte del público resulta incómodo y vulnera la compleja ilusión que se nos construye con un variado y cuidado despliegue de recursos.

Lo que llama la atención en cuanto al desarrollo del guion es la transformación que sufre el entorno percibido, desde un espacio dulce, infantil y seguro a un espacio vulnerable, oscuro y corrupto. El espectador es testigo de esa transformación del espacio a través de la secuencia de momentos que la obra ofrece. Aparte de la enfáticamente positiva presentación que la directora hace de su escuela y la cuidada intervención de la locación, las actividades narradas y en algunas que se participa a modo de demostración evoca a cómo los niños juegan y se divierten en el lugar en que sus padres los confían. Sin embargo, jaspeadamente se va incrustando la preocupación de algunos apoderados que parecen ya se han enterado de lo que a la directora tanto le costaba presentar: sospechas de abuso sexual a menores.

Aunque la primera intervención funciona como un breve campanazo que queda haciendo eco en la mente, poco a poco las intuiciones van tomando consistencia y se va tornando un tema más y más complejo de abordar. Este viaje que realiza el público no es casual; precisamente el desencantamiento que se experimenta es el proceso que una víctima de estos delitos vive. El violento arrebatamiento de la infantilidad, la corrupción de un espacio seguro y el miedo e inseguridades que surgen desde la revelación de ciertos actos de parte de los menores es lo que los espectadores pueden sentir por medio de su rol de apoderados. Así, el público enfrenta este evento en varias capas: Desde su propia historia, desde el rol de apoderado que le ha sido asignado y, a través de este, la historia de las niñas afectadas.

En efecto, la obra no nos ofrece una forma de destrabar el conflicto. De hecho, en medio de violentas discusiones y arrepentimientos, cordialmente se expulsa a la audiencia, sumergidos -obra y espectadores- en tensión y preocupación. La dificultad que como sociedad tenemos hoy para actuar frente a una denuncia de abuso infantil en una escuela queda como la mayor certeza dentro de esta obra. A la salida, se entrega un híbrido elemento entre la diégesis y lo no teatral, que informa que esta historia tiene un origen real, en la cual el inculpado sigue manteniendo su inocencia. El público se retira en silencio, en un solemne respeto a la situación que acaba de ocurrir. A pesar de ello, tras cerrar las puertas, todos permanecen en silencio, a la espera de algo que no ocurrirá. Con timidez, surgen aplausos, con la intención de que la compañía, esté donde esté oculta, pueda conocer la satisfacción que causó en la diversa, aunque más bien joven, audiencia.

Resulta interesante ver cómo desde España se trae una temática que está tan vigente en nuestros tiempos y cómo toma sentido fácilmente en nuestra cultura. Al parecer, ciertas problemáticas como los derechos y la protección de los niños son transversales a la nación en que hemos crecido. No obstante, el escenario nacional también resulta acogedor para esta obra. Por una parte, la visita del papa Francisco revivió la discusión acerca de los abusos a menores, a partir de su contradictorio y limitado actuar por los casos de la iglesia. Por otra, los discursos feministas han logrado ganar espacios en los últimos años en una mezcla de manifestaciones y participación institucional, también destacando la problemática de la violencia y abuso contra las mujeres. Así, esta obra resulta particularmente sensible para nuestro contexto nacional. Esta última condición es finalmente otra capa de envolvimiento, que permite a la audiencia incorporarse y sentirse interpelada por el montaje. y consigue hacernos cuestionar nuestra reacción frente a situaciones incómodas, las cuales preferimos ni imaginar en nuestra vida cotidiana.

Jóvenes Críticos GAM es un grupo de jóvenes entre los 19 y 23 años que expresa su punto de vista en torno a las artes escénicas, a través de diferentes formatos como lo son la escritura de crítica y la gestión de contenidos para su sitio web www.jovenescriticos.cl. El año 2018 gracias a la alianza con Santiago Off, cubrieron la programación del Festival y participaron de los talleres de crítica de Omar Valiño y Sebastián Pérez.

Te invitamos a leer sus críticas en www.gam.cl , www.santiagooff.com y www.revistahiedra.cl

Obra vista en enero de 2018.

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