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La estatua: lo híbrido como identidad escénica

Soledad Figueroa fue a ver “La estatua” obra escrita por el reconocido director de cine Raúl Ruiz que se presenta en Teatro del Puente durante diciembre. 

 

Por Soledad Figueroa

 

La estatua, bajo la dirección de Elisa Chaim y dramaturgia original de Raúl Ruiz, da cuenta de la hibridez que no solo caracteriza nuestra conformación latinoamericana sino también la vasta obra del mismo Ruiz, donde parte de su creación se compone sobre la base de múltiples referencias que conforman el puzzle de cada pieza artística.

El presente montaje, que sería trabajado y estrenado por el mismo Ruiz antes de morir, se pone en escena a partir de una clara conjunción pluricultural, partiendo por la conformación del elenco. Chilenos, franceses y estadounidenses, se desafían a construir el imaginario del autor proponiendo un espacio blanco, creado a partir de papeles que simbolizan la pulcritud de un museo francés.

La estatua es sobre todo una metáfora –¿de la crítica de la supuesta apropiación de la sabiduría por los espacios del arte institucional?– que se repite constantemente en el devenir de la obra misma, tanto en el texto como en el acontecimiento de la escena.

En palabras simples, sin ser lógicamente convencional, la directora de un museo paga a un escultor la creación de una estatua de la Diosa Sabiduría para que corone su museo. El encargo es urgente, pero él no puede continuar hasta que la modelo llegue a la cita, pues es ella la que nutre –y de algún modo crea– la escultura. Toda esta espera y discusión de cómo realmente nace la estatua se ve intervenida por el marido de la modelo, quien llega en su busca debido a que no ha vuelto a casa en siete días y sus hijos necesitan a su madre.

La mujer llega a la cita, y comienza poco a poco su proceso de mutación. Aquí se empieza a desplegar el abanico de metáforas e hibrideces que es propio de la obra: la modelo como metáfora de la sabiduría que a su vez es una estatua autocreada; el espacio como punto de encuentro de seres humanos tocados por la soledad, etc.

En relación a la hibridez de la puesta en escena, es considerable dar cuenta de los diferentes tipos de actuación que poseen los actores al momento de interpretar. Mientras algunos están en un ámbito más bien realista, otros transitan por un lugar más tendiente hacia la comedia, y, otros, hacia una especie de naturalismo chileno.

Este último es el punto de quiebre ante lo presentado en la puesta, lo que hace recordar trabajos de Ruiz como La recta provincia, Litoral o Días de campo. Criollismo chileno, sin perder su dimensión poética.

La aparición del marido que habla en lenguaje coloquial y que se presenta como un trabajador que podría ser pescador o recolector de cochayuyo, introduce la voz de lo conocido, de lo terrenal-misterioso, de lo otro que se mezcla en este espacio indeterminado y surrealista. La chaqueta de mezclilla, las botas de pescador, y la utilización de refranes propios del país en conjunto con reiteraciones, alimentan este espacio mestizo, este ser reconocible al público nacional. Es la raíz de la dramaturgia de Ruiz, Europa y América Latina en diálogo; es, de alguna manera, el mayor acierto tanto del texto como de la puesta en escena.

Con todo esto, la diversidad de estilos actorales no genera cortocircuito, sino que se entrelazan construyendo un lenguaje nuevo que pareciese ser parte de la búsqueda de la dirección. Esto se vincula además, con las diferentes disciplinas que aparecen en escena: la música instrumental, el canto y la danza aérea se ponen a disposición de los intérpretes para potenciar las singularidades y subjetividades de los personajes.

Mientras la danza aérea realza la metáfora de la sublimación de la modelo-estatua, el canto aparece como el discurso interior del sentir de la directora del museo quien se vanagloria de ser imprescindible para el mismo. Es el punto de fisura, el distanciamiento que permite revelar el dolor y a la vez la ambición del personaje.

Sumado a esto, la música instrumental que se propone, más que tomar un rol preponderante como materialidad performativa, se queda en la labor de acompañamiento de la acción desaprovechando la riqueza de su recurso.

En relación a la decisión de diseño integral este también está marcado por lo híbrido, el vestuario se hace cargo de las dimensiones de los personajes: el escultor que pareciese provenir de un mundo más bien místico y mítico, similar a los arcanos mayores del Tarot, cubre su piel –que pareciese  pertenecer a un bestiario medieval– de una especie de túnica chamánica que perfila a un creador o a quien transfigura.

La sabiduría autoproclamada encarnada en la modelo, se cubre de un vestuario urbano y contemporáneo del cual se desprende, para dejar a la vista una vestimenta blanca que simboliza su transfiguración en estatua.  El músico va modificándose ya sea en un ser también chamánico a una especie de representación de la naturaleza. En cambio la directora y el marido de la modelo, son representaciones claras de sus roles sociales y laborales.

Por otro lado, con respecto a la escenografía y escenotecnia, el uso del papel aporta bastante a la posibilidad de transformación surrealista del espacio, aunque no queda claro si la propuesta de dirección y diseño era evidenciar los recursos escénicos –los actores como ejecutores de las mutaciones– o crear la ilusión. Esto, debido a que en ciertas ocasiones se evidenciaba el manejo de los recursos mientras que en otras, se trataba de ocultar.

Finalmente, se hace necesario destacar la puesta en valor que se hace de la obra de Ruiz en toda su dimensión, aportando al lenguaje textual la magnitud de los elementos surrealistas, absurdos y filosóficos que la propuesta del autor contiene. Sin duda, la realización escénica se hace cargo de la hibridez y la metáfora que es parte de todos los aspectos de esta tríada teatral: performers, espectadores y dramaturgia.

Ficha Artística

Autor: Raúl Ruiz
Dirección y dramaturgismo: Eloísa Chaim
Asistente de dirección: Daniela Molina Castro
Elenco: Geoffrey Carey, Satchie Noro, Juan Pablo Larenas, Daniela Molina Castro, Diego Aguirre
Música original: Diego Aguirre
Escenografía: Claudia Vergara
Iluminación y Vestuario: Carolina Sapiain

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