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Los Justos: caras de la violencia

Fuimos a ver Los Justos de Albert Camus en una versión de Teatro Sur que se propone destruir los lugares comunes del ciudadano moderno.


Nosotros,

que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
B.Brecht

 ¿Cómo se combate la violencia? Las respuestas facilistas no son siquiera admisibles. Que la violencia nunca es buena y otros clichés a tono, hoy quedan fuera del teatro. La violencia trae más violencia y la paz también. Baste mirar la paz que ofrece occidente. Baste mirar nuestra democracia local.

El capitalismo contemporáneo es particularmente efectivo para generar violencia de baja intensidad, tanto que se nos vuelve imperceptible, y opera en escalas tan opuestas, que lo asimilamos silenciosamente en un cotidiano viaje en microbús (con un triste lamento matutino diciendo “así es la vida”) y dejamos de percibir su magnitud cuando son millones de personas las que padecen sin que sepamos, los costos de la globalización.

Eso sí, lo que no desaparece, -cuando se hace el ejercicio de pensarlo-, es el gesto cruel de la indiferencia frente al mundo. Camus pareció presagiarlo, por eso apenas unos años después del fin de la segunda guerra mundial, -cuando EEUU y la Unión Soviética comenzaban a repartirse el botín-, estrena Los Justos, una obra que aborda el pasar de una organización terrorista enfrentada a sus propias contradicciones internas respecto de cómo llevar adelante la revolución en los instantes previos al asesinato del Duque Sergio, y el posterior devenir del grupo una vez consumado el asesinato.

Hoy la versión de Teatro Sur que se presenta en el Teatro Sidarte, vuelve a contarnos aquella historia para desmontar los lugares comunes respecto de la democracia, para cuestionar el origen de la violencia, y para disputar la legitimidad de quienes se organizan en torno a ella.

Los Justos trabaja tensionando discursos oponiéndolos entre sí, tomando como base dos miradas sobre la revolución: una más romántica y otra decididamente pragmática y desafectada. Al interior del grupo hay quienes creen que la vida es más que sólo hacer justicia, otros creen que la justicia es lo más importante. Hay quienes consideran que no puede haber revolución sin poesía, otros la desprecian igualándola al gusto burgués por el arte. En lo que sí están todos de acuerdo, es que aman lo que creen justo y aman al pueblo que quieren liberar. Pero precisamente esta es la mayor contradicción ¿se ama sólo lo que es justo?¿es justo hacer la revolución que se ama a cualquier costo si ese costo ha de asumirlo el propio pueblo que también se dice amar?

En términos visuales aquel juego dialéctico persiste: el cruce entre el frío euroasiático y un Chile seco está impreso en escenografía, vestuarios, iluminación, etc. Incluso reaparece en un debate, ya histórico para el teatro, sobre el lugar de la palabra y el cuerpo, pues en Los Justos la capa discursiva (de lo que se habla) colisiona permanentemente con lo que se representa (lo que se ve).

Sin embargo, la mayor reflexión que se pueda extraer de la obra no pasa por el trazado de paralelos contextuales entre la autocracia rusa y la democracia de consenso en Chile, sino la persistencia de un síntoma que no se muestra de igual manera en la tiranía zarista de la explotación campesina y el Chile neoliberal contemporáneo. Esto nos conduce obligadamente a pensar que no basta con encontrar las similitudes entre contextos. Los Justos demanda al espectador repensar las sofisticadas formas de dominación hoy.

Dicho esto, bueno sería para el arte dejar de creer que el capitalismo lo desprecia, para hacer notar las distintas formas en que éste significa la continuidad del propio sistema. Hoy diversos discursos disidentes pueden ser (y son) cooptados por el neoliberalismo, haciendo que su mensaje se vuelva un buen enganche para potenciar, por ejemplo, la gentrificación de un barrio. De muestra un botón: Bansky.

Por último, se hace necesario hacer notar que en términos receptivos Los Justos se mueve en un tono desgastador. La obra escrita por Camus ya es compleja, y llevarla a los cuerpos requiere no sólo claridad discursiva, sino que también un trabajo escénico potente y conciso, y esta versión, apegada a un realismo con ciertos niveles de abstracción, paga su lucidez política con una obra larga, y a ratos, monótona. La hora cuarenta y cinco se hace notar. Con ello se observa una constante del teatro nacional: se logran sostener discursos lúcidos y consistentes, pero no se logra subvertir la centralidad del texto.

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FICHA ARTÍSTICA

Director: Ernesto Orellana
Dramaturgia: Albert Camus
Elenco: Claudia Cabezas, Trinidad González, Tamara Ferreira, Guilherme Sepúlveda, Nicolás Pávez y Claudio Riveros
Diseño escenográfico: Jorge Zambrano
Música: Marcello Martínez
Iluminación y sonido: Jorge Zambrano, Ernesto Orellana y Tomas Henríquez 

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.