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Prometeo El Origen: peligroso Prometeo

Fuimos a ver Prometeo, El Origen, una obra que se plantea como un espacio reflexivo en torno al desarrollo de la humanidad, pero que recala en un peligroso y conservador tono reflexivo.

 

La ya clásica fórmula de la joven estudiante, romántica e inquieta, a la que le es regalado un libro que guarda un mito ancestral, es el hilo conductor escogido por Ramón Griffero  para desplegar su nueva obra, Prometeo, El Origen en cartelera hasta el 14 de diciembre en el GAM.

La joven en cuestión, una estudiante de teatro, expone a sus compañeros la necesidad de representar la tragedia griega Prometeo Encadenado para intentar resolver los enigmas que comporta el mito. Y estas dudas tienen un caracter metafísico y trascendental: ¿Por qué el titán habría de robar el fuego de la sabiduría a los dioses para entregárselos a los humanos? ¿Qué hemos hecho con ese conocimiento hasta ahora?

A través de un despliegue escénico complejo, -sello que distingue a la dramaturgia de Griffero-, la obra parece avanzar en reversa. Tal como esa imagen del florero roto que vuelve entero a la mesa, Prometeo, El Origen pareciera constituirse desde sus fragmentos: extractos de la tragedia griega intercalados con escenas de los estudiantes de teatro tratando de entender lo que actúan, voces de distintas partes del planeta que hablan sobre el destino de la humanidad: una niña en Hiroshima, un hombre en la sabana africana, un viajero en un tren siberiano, el inminente suicidio de una joven en Tokio.

Todas estas imágenes, sin embargo, no logran constituirse como un cuestionamiento a realidad. Y no porque ésta, -como presupone la obra-, no se pueda desentrañar desde la limitada capacidad de entendimiento humana, sino porque la propia obra decide que es fútil intentar resolver tal enigma, oponiendo en cambio una retórica reflexiva acerca del devenir de la humanidad. El problema de esta voluntad reflexiva, es que no toma distancia de una idea absolutamente ahistórica, esa que afirma que hay una explicación en el más allá para lo que sucede más acá.

Sean los efectos colaterales de trabajar con la obra de Esquilo o sea por el carácter trascendentalista de las preguntas en cuestión, la obra se impregna de un peligroso tono metafísico, catastrófico y aleccionador, recalcando la necesidad de un encuadre valórico-espiritual que permita la paz y el orden social.

Ejemplo de esto se da cuando en determinado momento de la obra irrumpe un grupo armado con cierto aire a milicia caucásica, ejerciendo el poder de las armas para imponer su libertad a la libertad de aquel otro que los oprime. La escena termina con algo así: “Si mato a cien argentinos soy un psicópata, pero si es bajo una guerra, soy un héroe”.

Resulta ser una paradoja eficaz, pues en Chile hay monumentos exaltando asesinos cada pocas cuadras. Sin embargo, rápidamente dicha paradoja pierde potencia al transformar un cuestionamiento al poder, en palabras de buena crianza revestidas de teatralidad que defienden la manida idea de que nada se logra por medio de la violencia,  -error histórico por cierto-, sin apuntar que la violencia es, muchas veces, una contrarrespuesta a la ideología del poder.

Es conocida la trayectoria política de Griffero, quién en diversas entrevistas ha asumido una postura crítica frente al arte de mercado, la tecnología y los medios de comunicación. Conocido es también su interés por hacer un tipo de teatro donde ni el cotidiano ni la tecnología sean protagonistas, sino que el cuerpo sea quien hable de sueños, vida, muerte, sentimientos y emociones.  Se trata, según el propio director, de un teatro que hace un viaje desde “un arte político a una política del arte”.

Pero en Prometeo el Origen, aquella política del arte que afirma su autonomía respecto de su contexto, -según declarara el manifiesto de la compañía Teatro Fin de Siglo: “Toda renovación del acto teatral conlleva una renovación social y cultural (…) quitándole otro milímetro al poder”-, significa su pura autorreferencialidad, siendo más bien un proceso de estetización de lo político del arte, donde el poder no pierde ningún milímetro.

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.