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Editorial: Crítica y posverdad

Este 2017 caminamos hacia nuestro tercer año de existencia con algo más de tranquilidad que en los años anteriores: con los recursos obtenidos gracias a la convocatoria Fondart 2017 podremos costear la mayoría de los gastos operacionales básicos (servidores, mantención digital, diseño web, etc.), invertir en difusión y mantener vivo un proyecto que creemos absolutamente necesario.

Decimos que lo creemos necesario no por puro amor propio, sino por algo menos alentador: el 2016 nos ha dejado la idea de estar perdiendo una batalla. La batalla no es otra que fomentar y asegurar la existencia de espacios de reflexión crítica en tiempos donde el conocimiento, el razonamiento lógico, la construcción de ideas y argumentos parecen ceder terreno al rentable negocio tras las cámaras de eco y la desinformación consentida.

Desde la elección de Donald Trump se ha hecho más evidente que nunca la radicalización de un régimen de comunicación basado en la ausencia de fuentes, en la apelación a las emociones, al engaño y, derechamente, la mentira. Este momento epocal es el que recoge la llamada “palabra del año” según el diccionario anglosajón de Oxford: “post-truth” o “posverdad”.

El físico chileno Cristián Huepe, quien ha trabajado el tema, lo resume así en una entrevista (llamada precisamente “dime lo que quiero creer”): “En Chile cada vez se argumenta menos sobre lo que pasa y más sobre lo que la gente piensa que pasa. Hay un aprovechamiento político. Los crímenes bajan, pero la gente se siente más insegura. Y el argumento político es ese: que la gente se siente insegura”.

Los medios dedicados al arte y la cultura no están exentos de esta tarea. No hacemos ninguna revelación al afirmar que el régimen de producción en el campo del arte avanza más por el marketing, la gestión cultural, y en general, la industrialización de la cultura, que por su sentido. El resultado ha sido la proliferación de instancias de promoción y difusión, mientras los espacios de discusión, debate y crítica se clausuran o caen en el olvido.

Si queremos contrarrestar el relativismo, la extrema subjetivación de la vida y la desinformación actual, será necesario recalibrar nuestros intereses puestos en el arte y la cultura. Nuestra propia declaración de interés parte por aquí ¿Con qué arte y qué cultura estamos haciendo contacto tras la bien intencionada promesa de acceso?

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