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Editorial: las escuelas de teatro y la sobreoferta

Días atrás, en una entrevista realizada por el periódico peruano Diario Correo en el contexto del Día Mundial del Teatro, el director teatral Alberto Ísola afirmó: “nunca hubo tantas escuelas de teatro y talleres como ahora”.

Por cierto que Ísola no está celebrando nada. Desde su perspectiva, 2016 fue un año negro que dejó la sensación del agravamiento de una crisis respecto a la falta de público en salas y teatros. Reafirma este diagnóstico el reciente cierre del Teatro Larco durante el mes de enero, una sala que por siete años se ubicó en el exclusivo barrio Miraflores y que terminó rematando butacas para pagar deudas.

Por eso para muchos este 2017 comienza con la conciencia de una falsa idea de bonanza en el circuito teatral peruano, alimentado en buena medida por los medios de comunicación y la publicidad, queienes por años transmitieron la idea de un sector en crecimiento.

Ahora que el boom va quedando en el pasado, la pregunta es, ¿qué hacer para que el circuito teatral efectivamente crezca? Pero, ¿y qué es precisamente lo que crece cuando crecen los sectores artísticos? No es demasiado difícil imaginar las expectativas de los medios de comunicación al respecto, mucho menos de la publicidad: lo que ha de crecer es la oferta y la demanda, debe crecer la cantidad de obras, su calidad, el público, el mercado de las artes escénicas, etc.

De ahí que Ísola pregunte sin rodeos a sus estudiantes de teatro: “¿ustedes saben en qué se están metiendo?”. Para él resulta incompresible el aumento de estudiantes de teatro en el país luego de que el aparente “boom” teatral limeño demostrara ser solo eso, una apariencia.

Podríamos pensar que el contexto chileno goza de un mejor pasar. Sin embargo, los últimos datos del informe de Estadísticas Culturales 2015 elaborado por el CNCA, parece indicarnos que estamos reiterando, -si bien no a misma escala ni con las mismas condiciones coyunturales-, similar lógica.

Entre 2014 y 2015 el total de espectáculos teatrales se redujo un 10%, pasando de poco más de 15 mil funciones a poco menos de 13.500. En el mismo periodo, 2.105 estudiantes entraron a estudiar alguna de las 27 carreras sobre teatro ofertadas por 19 establecimientos de educación superior, marcando un aumento de casi un 5% respecto del año anterior. Algunos datos extras que nos aporta el informe es que de ese total de matriculados, 770 fueron hombres y 1.335 fueron mujeres, mientras que 23 de las 27 carreras,  y más de 1.700 del total de nuevos matriculados correspondieron a Santiago.

El desfase entre la baja en la oferta de espectáculos y el aumento en las matrículas de educación superior puede explicarse -siguiendo la lógica económica del crecimiento- por el aumento sostenido de funciones durante los tres años anteriores, dando como resultado la “confianza” en el desarrollo del sector y la consecuente apertura de nuevas matrículas.

Pero si el arte solo siguiera las dinámicas del crecimiento económico de otros sectores, simplemente no habría producción. De ahí que haya que tener especial cuidado cuando creemos que aumentando “la calidad de las obras”, bajando el precio de las entradas o elaborando estrategias de marketing (2×1, abonos en blanco, etc.), podremos rentabilizar la producción, dinamizar el consumo cultural y sortear los problemas de financiamiento.

No se trata de que ignoremos la dimensión económica y productiva del arte, se trata de entender que no podemos seguir pensando el crecimiento desde una sola perspectiva, exigiendo a las artes encajar dentro de un modelo de acumulación y/o consumo conspicuo.

¿Y acaso no debería el arte ser algo más que todo eso? La pregunta parece anacrónica, trasnochada, humanista. Y este es el centro del problema: hemos naturalizado un modelo de relaciones al punto de asumir -cínica y cómodamente- que así son las cosas.

Por lo pronto, los establecimientos de educación superior, sus docentes y directivos no están exentos del debate: ¿deben velar por la libertad individual de quien desea estudiar lo que esa institución puede ofrecer (al cliente) o deben ser capaces de autorregular su oferta de matrícula para corresponder a su función social e impedir la especulación, la sobreoferta y el crecimiento artificial de un campo sin capacidad técnica ni productiva para absorber nuevos profesionales?

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