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Bonobo teatro: “hay que echar mano a esta democracia tan resguardada”

Entrevistamos a los integrantes de Bonobo Teatro, colectivo ganador de la más reciente versión del Festival de Teatro Joven de Las Condes por su obra “Donde viven los bárbaros”. Ojo que durante enero dirán presente en Stgo a Mil 2017 para luego viajar a Alemania para participar del Festival Iberoamericano de Teatro “Adelante” organizado por el Teatro y Orquesta de Heidelberg. 

Es el año 2012, mediados de agosto. Hace menos de seis meses tuvieron lugar las protestas de Aysén. Hace un año las calles de santiago se llenaron de marchas estudiantiles y protestas ecológicas. Es evidente un cambio en el clima social. Los miedos y los temores arrastrados por décadas parecen ceder, dando espacio a un proceso de repolitización de la sociedad.

En este contexto se estrena Amansadura, el primer montaje de Bonobo teatro, colectivo conformado por el director Pablo Manzi, las actrices Andreina Olivari y Paulina Giglio, los actores Carlos Donoso, Franco Toledo Gabriel Cañas y Gabriel Urzúa, la producción de Katy Cabezas y el diseño de Los Contadores auditores.

En la ficción, un grupo de personas es escogida por una comunidad para conformar una asamblea que deberá encontrar una salida al conflicto con una empresa local antes de que una facción más radical quiebre toda posibilidad de diálogo. Pero lejos de ayudar, la asamblea complica las cosas: sus miembros ni siquiera logran ponerse de acuerdo en los criterios administrativos, impidiendo cualquier acuerdo.

El resultado es el fracaso de la comunidad, una comunidad de individuos que amputada de todo lenguaje que les permita hablar sobre lo que les es común, no puede referirse a otra cosa más que sus intereses personales, sus prejuicios (homófobos, clasistas y racistas), etc. Al salir del teatro la pregunta era evidente: ¿cómo podrían acontecer los anhelados cambios sociales si los propios sujetos que deben impulsar esos cambios –o sea, nosotros- continuamos hablando aquella lengua?

El valor de Amansadura fue cuestionar tempranamente algo que hoy resulta evidente tras el decepcionante rendimiento de aquellos liderazgos aparentemente más progresistas: todo ese ideario liberal del Chile post 2011 que veía en la democracia directa, el asambleísmo y una idea ambigua de lo ciudadano una salida a la crisis de representación política, no fueron más que un espejismo.

Cuestionamientos similares aparecen en Donde viven los bárbaros (2015), una obra donde lo central era preguntarse por el modo en que representamos “al otro” en el contexto de una democracia de baja intensidad. ¿Cómo un extranjero, inmigrante, puede luchar por un espacio de representación política en un país tan racista como Chile? De eso hablamos en esta entrevista.

Revisa más: “Donde viven los bárbaros: la paradoja del otro

Donde viven los bárbaros ha demostrado la consolidación de un grupo que en términos estéticos, actorales y discursivos está hoy dentro de lo más destacable de la producción teatral local. Su selección en Santiago a Mil 2017, -luego de haber ganado el año pasado el sexto Festival de Teatro Joven de Las Condes y viajar al Festival Internacional de Teatro de Cádiz, España-, lo demuestra. Menos comentada ha sido la confirmación de su participación para febrero de este año en el Festival Iberoamericano de Teatro “Adelante” organizado por el Teatro y Orquesta de Heidelberg, Alemania, en el cual también participarán las obras Inútiles de Teatro Sur y NIMBY, una coproducción de Colectivo Zoológico y el teatro de la ciudad.

En esta entrevista nos propusimos conversar sobre sus métodos creativos, sus expectativas con el teatro y la necesidad de hablarle a un contexto social políticamente más complejo de lo que quisiéramos aceptar.

Nos gustaría empezar preguntándoles por la dramaturgia de sus obras. ¿Cómo desarrollan la escritura de sus obras para llegar a esos textos a ratos tan corrosivos?

Tenemos un método de escritura que Pablo conoció a partir de un taller de dramaturgia con Luis Barrales. Se trata de escribir enunciados que operan como tesis a las que se les debe inventar una antítesis, pero sin nunca llegar a zanjar algo, porque la idea es que el enunciado sea cuestionado. Debe contener una idea precisa, sí, pero en permanente cuestionamiento gracias a la aparición de otro enunciado que contradice lo que pensaste antes. Ahora, llegar al enunciado es súper difícil, lo que hace que uno se de muchas vueltas sobre los diferentes puntos de vista que se pueden tener sobre el tema.

Suena algo complicado así en abstracto. Se preguntan, por ejemplo, ¿qué es la democracia?

Claro, puede ser. Entonces decimos, no sé, que la democracia es un sistema de organización civil. Luego eso se mueve en escena y se prueban diálogos y situaciones. Luego se va fijando o no. Entonces pasa que el resultado está en permanente modificación según lo que suceda en escena. De hecho, en los bárbaros para la temporada pasada hubo cambios. Tuvimos hasta 12 finales. Siempre estamos tratando de afinar cosas, lo que hace que la obra mejore mucho, aunque no es algo de lo que nos sintamos tan orgullosos. Lo ideal sería tener antes estos resultados.

Una cosa es el modo en que se construye el texto, incluso las actuaciones y la dirección, pero ¿cómo aparece el diseño escénico en relación a la construcción dramatúrgica en todo esto? 

En el caso de En donde viven los bárbaros elegimos un punto de partida súper aleatorio que en la obra no aparece, nunca se dice, pero que remite a Antofagasta. Lo que hicimos fue meternos a Google Maps, al Google Street View y recorrer la ciudad en busca de personas caminando por las calles. Allí apareció una cuestión cromática que está en la obra, por ejemplo, en los colores de la escenografía que son los mismos colores de unos blocks horrendos que hay en la costanera.

Luego hicimos un trabajo que no partió desde la idea de darle imagen a personajes, porque personajes propiamente tales, tridimensionales, etc., no había. Preferimos entonces jugar con el concepto de normcore, que es como la tendencia en ropa que venía después de lo hípster de usar ropa muy plana. Se supone que estaba de moda en los 90’ y que ahora volvió. Recorrimos entonces varias tiendas como Fashion’s Park, Hites y esas cosas. Queríamos algo más de retail.

Lo interesante al final es poder presentar ideas completamente opuestas a lo que se está trabajando desde, por ejemplo, la dirección. Cuando el diseño está en una tecla distinta, puede complejizar el mundo más que complicarlo.

“La idea es que uno salga del teatro pensando cosas, y no solo el público, también nosotros”.

Hay una discusión, emergente todavía, sobre si lo político de una obra de teatro aparece desde el contenido, si es más bien desde la forma en que se organiza la puesta en escena o ambas. ¿Ustedes dónde se situarían?

No es algo que hayamos conversado demasiado, pero nosotros no tenemos tanto un interés formal como si un interés temático. Lo formal va apareciendo en la medida que nos preguntamos qué es lo más idóneo o qué es lo que nos ayudaría más a problematizar esto. Por ejemplo, la forma actoral y visual que apareció en los bárbaros se necesita que sea así para plantear lo que queríamos plantear, pero en una próxima obra más que decirnos “oye tenemos que cambiar la forma para esto, esto y esto otro”, nos vamos a preguntar cómo vamos a volver a hablar sobre estos temas.

DEL MARGEN AL CENTRO

No pocas veces sucede que al intentar hablar sobre un problema político o social contingente el teatro termina haciendo el trabajo que hoy por excelencia hace el periodismo: denunciar la realidad, contar la historia del sujeto que vive al margen del margen, etc. ¿Cómo lo hacen ustedes para evitar entrar en ese espacio?

Muchas veces hemos conversado el intentar trabajar desde el punto de vista de la persona que está al centro político y social, más que agarrar la voz del marginado. Desde ahí buscamos hacer referencia a ese otro pero sin arrogarnos su voz. Esto nos ha permitido salir de ideas más paternalistas, porque en el fondo el golpe es contra nosotros mismos.

¿Y eso es algo que se da o es algo así como un eje programático de la compañía?

No, incluso se da hasta en el humor que tenemos entre nosotros más allá del trabajo. Al final, el tema es que todos partimos desde la miseria propia, porque el primer opresor somos nosotros mismos, eso es lo que dice Donde viven los bárbaros.

A propósito de humor, Amansadura y Donde viven los bárbaros son dos obras cargadas de humor negro, muy irónico, a ratos despiadado. ¿Cómo modulan eso para no pasarse a ese otro lugar más paródico donde burlarse es un ejercicio finalmente vacío?

Es que ahí también está el tema de dónde sitúas el ojo de la cordura. Esa cordura tú la puedes ir moviendo, haciéndola girar. Si no se mueve, muy probablemente nunca vas a poder resignificar lo que estás haciendo y el personaje se va a volver estático. A eso jugamos mucho en los bárbaros, a que los personajes cambien lo que están pensando. Quedan como medios tontos, pero a la vez están movilizando ideas que permiten decir algo. La idea es que uno salga del teatro pensando cosas, y no solo el público, también nosotros. Alguna vez conversamos que la idea no era solo venir a ensayo a actuar, sino irse para la casa con algo. Así nacieron los bárbaros.

¿Cómo qué cosas?

Inevitablemente en esta última obra fue apareciendo la pregunta por sobre qué hablamos cuando hablamos del otro. Por ejemplo, pensar en las estrategias que consigue la democracia para hacerlos ingresar a la polis a través de la criminalización de su presencia haciéndolo parecer un vínculo hasta amoroso y de dignificación de esa otredad. Hay una violencia ahí que no es natural, como se nos pretende hacer ver.

Hay una tensión con esta idea desgastada de democracia…

Es que hay que echar mano a esta democracia tan resguardada. Porque tenemos esa dictadura todavía ahí tan cerca es que decimos que la democracia es intocable. Lo que nosotros queremos decir es que no, que esta democracia tiene muchas fallas.

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