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¿Año de vacas flacas? Si, pero…

En su reciente balance de fin de añoPedro Labra, crítico teatral de El Mercurio, publicó una columna llamada “Otra vez un año de vacas (muy) flacas”. En ella Labra afirmó que las cosas en el teatro van de mal en peor, que los aciertos teatrales son mínimos y que en suma, el balance sería desalentador.

¿Cómo llega a este diagnóstico? Para él, el escaso vuelo artístico de las propuestas, la falta de calidad profesional, muchas reposiciones, varios éxitos de taquilla y poco refresco de la cartelera teatral son parte de los síntomas.

Por todo ello Labra pide una reacción del Estado: “Mientras no haya una plataforma provista por el Estado, tampoco es justo exigirle a un actor que renuncie a su sueldo fijo por puro idealismo”. El crítico de El Mercurio se está refiriendo a los actores televisivos de oficio y trayectoria, quienes a su juicio son los verdaderos talentos del medio, pero que “siguen abducidos por la pantalla chica”.

Del otro lado están los emergentes de 2017, grupo conformado por teatristas cuyas puestas en escena evidenciarían una insuficiente formación técnico-profesional así como un exiguo capital cultural. “Triste es decirlo, pero un gran número de estos trabajos exhiben resultados deplorables […] lo grave es que esta será la generación de recambio cuando los artistas de experiencia ya no estén”.

Pues bien, a mi parecer Labra llega a proponer soluciones correctas a partir de un diagnóstico equivocado. Es curioso, porque es cierto que la precariedad laboral de los teatristas impide dedicar el tiempo necesario a este oficio, razón por la cual se requeriría de un Estado que entregue garantías reales al sector, más allá de la concursabilidad, los fondos OIC, y las asignaciones directas a corporaciones culturales de derecho privado.

Es cierta, además, la desigualdad en el capital cultural de cada teatrista, fruto del colegio y la casa de estudios superiores a la que se pueda acceder, lo que trae como consecuencia la conformación de circuitos y camarillas con baja comunicación entre sí y de difícil permeabilidad.

También es cierto que tras la etiqueta de lo emergente se camuflan propuestas de cuestionable calidad que reproducen estilos desgastados, olvidando la pregunta bajo la cual nació cada propuesta estética alguna vez pensada (ni Meyerhold ni Brecht ni Artaud ni Bob Wilson ni Müller hicieron teatro porque sí, sino a condición de una pregunta).

Pero Labra sobreestima sin razón aparente lo que podrían hacer los rostros televisivos para cambiar el panorama, y por ende, le asigna demasiada importancia al talento individual. Grandes actrices, actores y directores han montado obras insignificantes durante los últimos años. Por lo demás, ¿se imaginan que dijéramos que el cine anda peor porque los mejores talentos artísticos están haciendo tele? ¿Cómo explicarse entonces que las películas más destacadas de este año como El diablo es magnífico o Mala junta hayan sido dirigidas y actuadas por gente-joven-no-consagrada?

Precisamente estas películas son un ejemplo de obras que permiten pensar problemas políticos y estéticos, abriendo preguntas sobre los propios marcos disciplinares en nuestro contexto contempoáneo. En este sentido, poco espacio hay en el análisis de Labra para referirse a colectivos y autorías que mantienen hace años trabajos de exploración escénica. No son muchos, pero existen.  

El análisis de Labra resulta entonces demasiado formal, e incluso a ratos parece más bien un juicio basado en el gusto (un tanto catastrofista, por lo demás). Así, llega un poco “de chiripa” a la solución: falta más y mejor Estado, mejores políticas en educación artística, falta tiempo para hacer y ver teatro y sobra la espectacularización del yo, la camarilla y el autoaplauso.

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.