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Ciencia, ficción y teatro: una relación de amor posible (y recomendable)

¿Por qué será que algunos colectivos, compañías y autores locales están hablando de ciencia en el teatro?

El descubrimiento del primer planeta de características similares a la tierra ha sido una de las buenas noticias que nos ha dado la ciencia este último tiempo, aunque sabemos de sobra que una buena noticia siempre trae una (o varias) malas: incluso viajando a la velocidad de la luz, llegar al planeta Kepler452b nos tomaría unas treinta generaciones de personas.

Ocupo esta medida reproductivo/temporal para graficar lo difícil de una misión así: si sus hijos fueran los primeros en viajar, ni siquiera sus bichoznos (los nietos de los nietos de los nietos de sus hijos) estarían a mitad de camino.

Pero por supuesto que no podemos viajar a la velocidad de la luz, por lo que llegar a Kepler452b tomaría millones de años, tantos, que si nos preguntamos qué pasaba hace igual cantidad de años atrás acá en la tierra, la respuesta implicaría imaginar un mundo sin humanos… ni monos.

Que los viajes por el espacio sean una realidad cotidiana ha sido uno de los tantos sueños de la modernidad. Pero en realidad todavía es peligroso e indeseable. Es peligroso porque salir del campo magnético terrestre equivale a recibir intensas sesiones de radioterapia por segundo. Y es indeseable porque… bueno, nos freiríamos.

Pero quizás el principal peligro que vuelve realmente imposible la idea de viajar por el espacio a tal distancia y tanto tiempo, sea el propio ser humano.

Hay dos películas que resumen un poco lo que pasa cuando tratas con humanos a la deriva: 2001: A Space Odyssey de Stanley Kubrick o Interestellar de Christopher Nolan. Ambos filmes muestran las mortales consecuencias de misiones tripuladas por humanos que ni siquiera salieron del sistema solar (concederán los cinéfilos que en el caso de 2001, HAL 9000, es finalmente una alegoría de la toma de conciencia sobre la finitud de la existencia).

A riesgo de que el ejemplo anterior no sea concluyente, recurro a la realidad: en los noventa se experimentó en Arizona, en el marco del proyecto Biósfera 2, con la posibilidad de que un grupo de personas viviera “en cuarentena” durante varios meses, incluso, años. La primera misión fracasó por la incapacidad del medio ambiente artificial para producir oxígeno. La segunda misión duró poco más de un mes. Un motín terminó con el experimento.

Ahora bien ¿Qué sentido tiene pensar todo esto en una revista dedicada a las artes escénicas?

Resulta que el teatro local ha estado tocando varios de estos temas durante la presente temporada: Constelaciones, Atacama, Algernon o Límites, son algunos ejemplos (claro está que se me escapan otras obras que no pude ver).

En Constelaciones, del dramaturgo inglés Nick Payne, lo central es la noción de multiverso, es decir, la idea de que existen múltiples dimensiones, realidades y… universos, que tienen lugar a cada momento, pudiendo modificarse e incluso, entrelazarse. Así la simple historia de amor entre un apicultor y una astrofísica que se conocen en una fiesta, cambia radicalmente por apenas leves variaciones en lo que dijeron o no dijeron, modificando el presente y el futuro de ambos.

Lee más: nuestra crítica a Constelaciones, con Richard Feynman, célebre Premio Nobel de Física, tocando bongós.

Atacama trabaja de un modo similar la noción de multiverso, aunque sin diálogos y con énfasis en la generación de una experiencia estético/visual. Una plataforma rotatoria y un biombo que divide la escena en dos, nos pone frente a una conferencia enmarcada en el proyecto ALMA, que luego se transformar en la escena de un grupo de indígenas precolombinos en su quehacer habitual. Ambas situaciones se yuxtaponen en una especie de paralelismo temporal hasta que atacameños y científicos extranjeros parecen habitar un mismo espacio/tiempo. ¿Se imagina el resultado?

Límites, de la Compañía La Laura Palmer, no trata narrativamente con una noción o un problema científico determinado, sino que cita en escena algo de ciencia para esbozar desde ahí una reflexión sobre lo que entendemos hoy por límite: una línea imaginaria fijada por convención. Por eso cuando el actor Rodrigo Tagle (quien puede comprobar que desciende de Carlo Magno así como también puede dar fe que ello no le sirve de nada) prueba a partir de un escupo, detergente y algo de alcohol (un poco), que todas las especies vivas del planeta comparten casi la misma codificación genética, lo que la obra hace es reafirmar a través de un simple y entretenido vínculo entre ciencia y arte, lo arbitrario de cualquier convención y lo imaginario de lo arbitrario.

Algernon del Colectivo de Arte Matamala, con Tim Marzullo y su iniciativa Backyard Brains operando en vivo lámparas y manos robóticas que se encienden con la contracción muscular, es el ejemplo más literal del cruce entre ciencia y teatro en lo que va de la temporada. La obra cuenta la historia de Charlie, un joven con retraso mental que padece la discriminación de su círculo social, primero por ser tonto, luego por ser demasiado inteligente. Todo gracias a un experimento realizado en un laboratorio que triplicó su coeficiente intelectual. Aquí, al igual que en el proyecto Biósfera 2, la moraleja es que el conocimiento no es garantía de progreso, o bien que el progreso hoy ya no se asocia necesariamente con conocimiento, sino con acumulación.

Con estas cuatro obras en mente, ¿por qué será que algunos colectivos, compañías y autores locales están hablando de ciencia en el teatro?

Tal vez sea demasiado pronto para tener una respuesta convincente. Tiendo a pensar en el necesario influjo de series como Secretos del Universo con Morgan Freeman, la reedición de Cosmos con el astrofísico Neil deGrasee Tyson o estrenos mundiales que compiten por el Oscar y que tienen temáticas similares como es el caso de Gravedad o Interstellar.

El biólogo inglés Richard Dawkins ha dedicado buena parte de su vida a la puesta en valor de la ciencia y el ateísmo. Por eso es categórico a la hora de afirmar que ciencia y religión no son compatibles. Si esto es cierto, entonces la última encuesta de Latinbarómetro sobre creencias religiosas, que muestra a un Chile en franco proceso de securalización con la segunda mayor reducción de creyentes tras Uruguay, podría ser una buena noticia.

Pero aunque es reconfortante saber que hoy en Chile hay más no-creyentes que evangélicos, estamos claros que renunciar a creer no significa abrazar la ciencia. De hecho, muchos de los que se declararon no creyentes en la encuesta, dicen practican otras formas de espiritualidad. Se trata de una sustitución, no de una clausura. Entonces, como dije en otro artículoya no basta con dudar.

Voy por las mil palabras y debo terminar. Si llegaste hasta acá, felicitaciones. ¿Ven que es bueno que los propios teatristas dialoguen con otras disciplinas que antes se consideraban antagónicas? (en realidad, el humanismo y el arte nunca fueron lo contrario a las ciencia). Queda esperar que el interés sea recíproco y complementario. ¿Se anima algún científico a escribir sobre teatro?

Ah, me olvidaba de este bonus track anti-clerical de Sir Richard Dawkins: ¿Puede la evolución explicar la homosexualidad?

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.