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Estar a la altura de las circunstancias

Catastrofismo y existismo, pesimismo y optimismo. Sebastián Pérez reflexiona en torno a estas dos oscilaciones epidérmicas. El punto es… ¿se puede hacer teatro desde esta lectura binaria? ¿Estamos a la altura de las circunstancias de nuestra época? 

 

“La esperanza auténtica debe estar basada en razones […] Debe ser capaz de seleccionar las características de una situación que la hacen creíble. De lo contrario, no es más que un presentimiento, como si estuviéramos convencidos de que hay un pulpo debajo de nuestra cama”.

Terry Eagleton

  1. Delirios seductores

En el texto Crítica literaria en el Chile neoliberal: la invisibilización de la disidencia, la crítica Patricia Espinosa detecta dos actitudes (o delirios) frente al presente, que provienen de una misma reacción conservadora: ver el presente como el mejor momento, o bien, ver el presente como el peor momento.

Ambas actitudes son consideradas por Espinosa como conservadoras porque “son parte de un pensamiento mítico donde lo más importante parece ser que el enunciante de la catástrofe o de la celebración del presente como edad de oro, logra decirle al mundo que él, y sólo él, se ubica en un lugar privilegiado para detectar la catástrofe o el esplendor”.

En cualquiera de esos delirios, nos advierte Espinosa, “el sujeto puede vivenciar una suerte de experiencia aristocrática, situándose fuera de la esclavitud del tiempo que corre para todos los mortales”.

Usualmente un delirio lleva al otro. De hecho, podríamos afirmar que cualquier tipo de fascismo y casi todas las religiones operan en la oscilación entre ambos. La fórmula es de manual: primero se dibuja un panorama de degradación social, degeneración moral, Sodoma y Gomorra; luego se proyecta un horizonte moral de futuro fundado en el retorno de antiguos valores que justifican cualquier acción tomada por aquel proyecto para restituir el orden supuestamente perdido.

Pensemos, por ejemplo, en la Entartete Kunst o “exposición de arte degenerado” organizada por el nazismo alemán en 1937 que tenía por fin parodiar a todo un régimen artístico eminentemente moderno, desde el jazz hasta el dadá. Lo denunciado por el conservadurismo estético nazi en aquella exposición era, finalmente, los intentos por poner en crisis la representación de la naturaleza (mediante abstracciones degeneradas como las de Picasso), pues lo natural era EL modo en que las cosas debían ser.

Sería un error entonces considerar ambos delirios, el catastrofista y el exitista, como patrimonio de una época pasada o de un sector político específico. De hecho, a propósito de la coyuntura política de las últimas semanas, podríamos leer la primera gran crisis del Frente Amplio, movimiento social progresista, en estos términos en la medida que varios de sus seguidores, militantes e incluso candidatos, han reaccionado a la crisis transitando de la euforia de las primarias de julio a la decepción de agosto, todo por causa de la profunda desilusión para con un movimiento que, paradójicamente, ahora es cuando comienza a demostrar su verdadero peso político.

2. Ay, Neddy

Pasar de lo que Terry Eagleton llamó optimismo infundado al descrédito y la desilusión, es algo que también sucede en el campo de cultura y las artes. En el caso del teatro, podríamos notarlo a través de diversas puestas en escena que se esfuerzan por exhibir un mundo en franca degradación social devastado por el neoliberalismo donde la falta de oportunidades y la desconfianza nos ha vuelto unos cínicos. También obras metateatrales que vienen a operar como autocrítica, denunciando camarillas y condiciones estructurales del arte y la cultura.

Podríamos pensar que este catastrofismo se acompasa bien con el autodiagnóstico que las y los artistas hacen respecto a las condiciones para hacer teatro en Chile, pues la respuesta es similar: nos enfrentamos al peor presente posible. Por eso cierran teatros, escuelas, históricas compañías, etc.

Por el contrario, en el polo opuesto de este sesgo apocalíptico podríamos situar a la gestión cultural, una disciplina que hoy padece el síndrome de Ned Flanders, transformando su propia práctica en una prédica de irritante optimismo donde todo es siempre una oportunidad (de acceso, de participación ciudadana, de colaboratividad), siempre hay lecciones que aprender, siempre hay desafíos, siempre hay oportunidades para hacer las cosas mejor, siempre se puede innovar más, emprender mejor, etc.

3. Ni lo uno ni lo otro

Así, optimismo y pesimismo son dos actitudes conservadoras y elitistas que, además, tienden a la despolitización. Y es que cuando el artista, -tal como esa vieja izquierda ni tan radical- desconfía de las instituciones, del Estado, afirmando en cambio que el único lugar que queda disponible para resistir y hacer política es la calle y una dudosa idea respecto a la autogestión (“la autogestión vale callampa” decía Juan Radrigán), lo que hace es sustraerse del espacio público, confirmando la ausencia de alternativas viables y la imposibilidad de una política que no se dedique a otra cosa más que administrar lo que hay.

Precisamente, cierta mirada -hoy dominante- sobre el rol que debe jugar la gestión cultural opera de este modo: en su afán delirante por (contra)proponer una solución sin terminar de escuchar la hondura del problema, celebra el crecimiento de las economías creativas o de la infraestructura cultural sin preguntarse algo básico: qué es lo que crece cuando estas crecen. De paso, consolida un universo retórico que, tras un lenguaje entre que deportivo y empresarial, propone un modo de administrar la desigualdad y la precariedad laboral.

4. Estar a la altura de las circunstancias

¿Tiene sentido entonces continuar insistiendo en el binarismo pesimismo/optimismo? El filósofo Sergio Rojas, sostiene que no, al menos en lo que respecta a materias donde más allá de si se trata de procesos de degradación o mejora, el avance técnico sucede de todos modos y de manera paradójica. Es por ello que Rojas formula la propia respecto al arte:

“Nunca hubo tantas posibilidades para el arte, tantos espacios de exhibición, escuelas de arte, becas, pasantías… nunca fue mejor momento para el arte. Hace 50 o 60 años era solo cosa de élite. Por otro lado, si nos preguntamos por el asunto del arte, miramos hacia la realidad y vemos el fenómeno de la globalización económica, el fenómeno de la informatización de lo social en las redes digitales, las guerras y las catástrofes, la inteligencia militar como la lógica que gobierna el planeta…, podríamos decir que nunca fue tan difícil hacer arte. Nunca fue tan difícil para el artista estar a la altura de las circunstancias, de lo que está sucediendo”.

Quizás de esto se trate todo. De formular paradojas que impidan zanjar posiciones fundadas en moralismos u optimismos vacuos. La idea de estar “a la altura de las circunstancias”, es una interesante provocación que implica, precisamente, ir más allá. Interesante invitación a tomar hoy, cuando la realidad se desborda, excede lo representable y exige algo distinto de nosotros, quizás, una nueva subjetividad.

 

 

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.