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La insoportable levedad de fin de siglo

Antonio Urrutia participó del XI Encuentro Teatral en Valparaíso: “¿Teoría y/o práctica? Los saberes integrados en las artes escénicas contemporáneas”. En este artículo da su opinión sobre aquella experiencia, abordando particularmente una de sus conferencias.

 

“Se me acaba el argumento
Y la metodología
Cada vez que se aparece frente
A mí tu anatomía

(…)

Bruta, ciega, sordomuda
Torpe, traste y testaruda
Es todo lo que he sido
Por ti me he convertido”

SHAKIRA.

 

Por Antonio Urrutia Luxoro.

 

Voy por segunda vez a un encuentro de reflexión e investigación sobre teatro, en la Universidad de Playa Ancha. Voy porque en la versión pasada tuve una estupenda experiencia, y comencé a escuchar a investigadores y artistas con los que he tenido el placer de seguir encontrándome dentro y fuera de la academia.

Justamente sobre aquella relación, entre investigación y creación, es que se levanta esta decimoprimera versión del Encuentro Teatral en Valparaíso. La invitación consistió en reflexionar entorno a la siguiente pregunta: “¿Teoría y/o práctica? Los saberes integrados en las artes escénicas contemporáneas”. Inmediatamente después de la mesa moderada por Lorena Saavedra, en la que expuse junto a Sibila Sotomayor (revista Panambí) e Iván Insunza (colaborador de Revista Hiedra), estaba programada la conferencia de un director y dramaturgo new-wave a quien admiraba mucho.

Lo he escuchado en muchas otras oportunidades y, a grandes rasgos, mantiene un discurso medianamente estable, repitiendo los mismos chistes (el mítico charango lila), las mismas inflexiones vocales y el mismo humor negro. A pesar de aquella estabilidad, esta vez me percaté de otro aspecto en su discurso que en otras ocasiones no había asimilado, a propósito de la relación entre arte y política.

A partir de la eventual despolitización del arte en la transición pactada, Guillermo Machuca afirmó en una entrevista que el arte crítico chileno es directamente proporcional a la obesidad de Carlos Leppe. A mayor gordura, mayor densidad reflexiva. La lucidez del director new-wave experimentó el mismo adelgazamiento que el tejido adiposo del conceptualismo local, se neoliberalizó.

Al igual que la fracción Liguria del espectro de la izquierda, no fue capaz de resistir después de fin de siglo. La insoportable levedad del director teatral queda al descubierto cuando se le ocurre opinar sobre asuntos que exceden a su propia obra.

Parece que en los últimos diez años se ha dedicado a ver televisión, navegar en internet, ir al cine Hoyts y hacer matchs en Grindr. Su inconfundible risa y su modo característico de estirar la letra “A” han dejado de escucharse en contextos politizantes. Parece que no ha ido al cine, al teatro, a galerías o museos, a librerías. Y si es que ha ido está mirando, escuchando, y leyendo mal.

De manifestaciones en el espacio público ni hablar. Le deben dar unas nauseas inmensas las movilizaciones sociales, le molesta el olor a pueblo. Es de esas personas que dejaron su cabeza extraviada en los últimos años de la dictadura, y que a diferencia de Nelly Richard, creen que son imposibles los tráficos entre el adentro y el afuera de las instituciones. El director new-wave no sólo los cree imposibles, sino que dificulta su producción, y continúa perpetuando las nefastas consecuencias que suscita la autonomizacion de los campos.

En su conferencia insistía majaderamente en la diferencia entre expresión y creación, debate bastante superado después de la división moderna entre arte y artesanía, vanguardia y kitsch, arte e industrias culturales. Una serie de clichés modernos que llegó a su fin ante la emergencia de la liminalidad como estrategia de borradura entre las fronteras del arte y el no-arte, provocando una equivalencia entre autores y productores.

Teatro y espectáculos culturales, he ahí el origen de su diferencia entre creación y expresión, bastante consecuente con su desprecio por la palabra ‘pueblo’. Su jocoso discurso dirigido ante una sala de teatro repleta de estudiantes apunta a que el ‘pueblo’ es incapaz de producir creaciones, a diferencia de los artistas, ya que someten sus cuerpos a cuatro años de rigurosa disciplina y entrenamiento en escuelas universitarias.

Si ponemos a prueba su división entre creación y expresión, su conservadurismo solapado queda al descubierto. Imaginemos que el pueblo es incapaz de crear, y también imaginemos que estudiantes, prostitutas, travestis y activistas son integrantes del pueblo. Si aceptamos ese discurso, entonces dejémonos de cinismos y digamos que Cuerpos para odiar (Furia Barroka, 2015) y Travesía travesti (Locas, putas y brillantes, 2017), no son creaciones. Son expresiones de travestismo y prostitución.

Es impresionante la superficialidad de este silogismo new-wave, ya que su único fundamento consiste en legitimar el hermetismo de un campo que tiende a la segregación, creando espectadores domesticados y artistas cuya excentricidad burguesa no logra modificar un solo pelo de la realidad.

Otra de sus rimbombantes opiniones sobre la historia del arte, que por supuesto no obtuvo un gran rechazo de la audiencia, ya que el humor new-wave es capaz de suavizar la violencia de sus palabras, aludía a la conocida dicotomía entre el arte comprometido y el arte de vanguardia. En general no me parece necesario que lxs artistas, incluso lxs que se dedican a la docencia, manejen nociones básicas de estética, teoría e historia del arte que sean operativas al siglo XXI.

Una profesora de voz o movimiento (quizás también de actuación), no va a hacer mejores clases después de leer a Boris Groys. Tampoco a un actor le va a ser muy útil si desea ampliar su registro interpretativo  saber que en América Latina el arte neovanguardista se caracteriza por su politicidad. Conozco estupendos actores y profesores que no manejan esas discusiones, y aquello no les impide desempeñar su rol como agentes dentro del campo.

Sin embargo, si me parece que el director del TNCH, un espacio de circulación socavado por la dirección anterior, que debiese ser el teatro más importante a nivel nacional, no maneje aquellas nociones básicas de un debate de larga data. ¿Qué criterios curatoriales puede sostener una persona que dice que el arte ‘comprometido’ es característico de la mayor parte del siglo XX, que el arte de vanguardia comienza en los 80, y que los flujos entre arte y política en la actualidad son impertinentes y pasados de moda, porque son hediondos a utopía, sin matices ni especificaciones de antecedentes y contexto? (Al respecto, cabe mencionar que uno de los postulantes a la dirección del TNCH cursó estudios de curaduría y arte contemporáneo en una Universidad Yanqui).

En marzo de este año, Nelly Richard junto a Mariairis Flores, Diego Parra y Lucy Quezada, lanzaron el documental Arte y Política: 2005-2015 (fragmentos), en el que se da cuenta de un repertorio de ejemplos desarrollado por artistas y activistas, marcado (entre otros) por el movimiento estudiantil, la proliferación de los enfoques de género, las reactivaciones de la memoria inconclusa, y la crisis del sistema neoliberal.

Tras una primera lectura, si comparamos aquellos diez años con el periodo anterior al que se circunscribe Machuca (el colesterol de Leppe es analizado hasta 2004), aparentemente se revertiría la sentencia de la despolitización del arte. También se despliega una reformulación de las operaciones críticas, luego del giro entre arte comprometido y neovanguardia, al igual que una renuncia al supuesto de la autonomización del campo.

Así queda de manifiesto luego de intentar suturar un repertorio tan amplio y heterogéneo, particularmente lo pienso cuando veo en el mismo video El neón es miseria (Gonzalo Díaz, 2012), Tres instantes, un grito (Cecilia Barriga, 2013), y Dona por un aborto ilegal (CUDS, 2012). La insoportable levedad de fin de siglo le impide al director new-wave la capacidad de percibir y provocar esos vectores de politicidad que Richard se encarga de transparentar, para luego tensionar. La política no está pasada de moda, es el new wave el que está pasado de moda, y si no me cree, mejor váyase a la Blondie.

Muy introductor de la dramaturgia del espacio y del animal doméstico en escena será, pero a pesar de su larga trayectoria no se le puede permitir el lujo de defender tantas cabezas de pescado juntas, sobre todo en vista del contexto de la conferencia, y en consideración a los asistentes. A veces es oportuno tener presente que el nivel de la discusión de una conferencia es distinto a una conversación en el baño de la Blondie.

Cuando escucho tanta música ochentera, tiendo a pensar que a diferencia de las artes visuales, el campo teatral sufre de orfandad en sus reflexiones. Pese a la sentencia, quiero recalcar que las ponencias  del XI Encuentro, junto a la conferencia de Alberto Kurapel, eran de un excelente nivel, en comparación a otros eventos que son una demostración de la decadencia del comercio académico.

Me consta que cada uno de los expositores que pude escuchar fue capaz de sostener una reflexión consistente respecto a las intersecciones entre teoría y práctica en el teatro actual. Con orfandad me refiero a la ausencia de un corpus bibliográfico local al cual recurrir, fuera de artículos en revistas especializadas y publicaciones de ciertas editoriales universitarias. Esa orfandad permite que la insoportable levedad de fin de siglo pueda pasar desapercibida sin interrupciones que desmantelen su discurso neoliberalizado. Quizás, para superar la orfandad, sería necesario pensar al teatro contemporáneo desde una perspectiva posgrifferiana.

El contenido en esta columna de opinión
es de exclusiva responsabilidad de su autor
y no refleja necesariamente
la línea editorial ni postura de Revista Hiedra.

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