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A la universidad se va a estudiar: cómo operó la dictadura en el teatro chileno

La dictadura marcó el fin de un proceso de desarrollo de más de dos décadas de consolidación profesional y formación de un teatro nacional cuyo origen se remonta a, al menos, treinta años antes con la fundación de los llamados teatros universitarios.

 

El Teatro Experimental de la Universidad de Chile (TEUCH, fundado en 1941), el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica (TEUC, fundado en 1943) y el Teatro de la Universidad de Concepción (TUC, fundado también en 1943) lideraron por casi tres décadas la formación de actores, directores y técnicos, transformándose en espacios de resonancia cultural para nuevos autores, nuevas poéticas y nuevas estéticas teatrales.

Tan determinante fue el rol de estos espacios que cualquier historia que busque dar cuenta de la profesionalización del oficio teatral, sus procesos de renovación e incluso, la emergencia de las compañías independientes (Teatro del Ángel, Moneda e Ictus, esta última por lejos la más importante y en funcionamiento hasta hoy) en las décadas posteriores, debe considerar el lugar central que ocupó la academia.

Un reportaje de la revista Ercilla de la década del 50′ da cuenta de la buena salud que parecía tener el circuito teatral a una década de la fundación de los teatros universitarios: “Hacía mucho tiempo que no se presentaban con tanta frecuencia tal número de obras. La calidad en la mayoría de los casos fue destacada y, en general, se observó superación […] el teatro chileno está viviendo una de sus etapas más interesantes y hacemos responsables de su porvenir a las autoridades que hoy tienen la obligación de velar por nuestros intereses culturales”. [1]

Golpe y crisis

Acaso sea por el rol determinante de las universidades para la conformación de un campo teatral que el golpe de Estado del 73′ y la instalación de la dictadura cívico-militar supuso fractura irreparable de valores sociales que los espacios universitarios tendían a acoger y reproducir: comunidad, solidaridad, disenso, libertad de expresión, etc. No se trata de una mirada cargada de nostalgia y romanticismo. Son los propios años previos al golpe los que dan cuenta de instancias deliberativas incluso más democráticas que hoy.

Baste recordar que a finales de los sesenta fue la propia comunidad universitaria de la Universidad católica la que escogió mediante un proceso democrático al arquitecto y académico Fernando Castillo Velasco para el cargo de Rector. Dicho acontecimiento no sólo es remarcable porque Castillo Velasco fuera el primer y único académico en ser elegido por sus estudiantes, sino porque incluso hoy dicha universidad pareciera haber retrocedido en el tiempo, haciendo que la elección de su máxima autoridad pase por el Vaticano.

Pues bien, el sistema de control antidemocrático de la dictadura devastó a las universidades en términos humanos, históricos y culturales con consecuencias que son visibles todavía hoy. En el libro Historia del Siglo XX Chileno la historiadora Sofía Correa da cuenta de este proceso: “Se optó por terminar con las instancias académicas propicias al desarrollo del pensamiento y la cultura de izquierda, cerrándose 23 unidades académicas que comprendían carreras como sociología, lenguas eslavas y teatro”[2].

Conocidas son, por ejemplo, las medidas de corte administrativo: reducción presupuestaria, exigencia de autofinanciamiento y planes educativos impuestos por rectores designados. Estas medidas de recorte y/o clausura de espacios académicos, “crearon un clima sofocante de desconfianza e inseguridad a sabiendas de que la identificación con un pasado revolucionario o un presente opositor, amén de la pérdida del trabajo y la imposibilidad de concluir una carrera, podían desembocar en la represión lisa y llana”, afirma Correa.

La constante coerción, la amenaza directa o velada y la sanción ideológica hizo de la universidad un espacio infértil para el desarrollo del arte. Abundó por ese entonces la confección de listas negras, la delación y la infiltración en la sala de clase de agentes de seguridad.

Escuelas de teatro y dictadura

En el campo del teatro el accionar de la dictadura no varió demasiado. Recordado es el despido injustificado de profesionales de reconocida trayectoria y la designación de personal cuya mala gestión y dudosa filiación al régimen es recordada hasta hoy. Fernando Cuadra, Fernando Debesa y Hernán Letelier son recordados por Fernando González, destacado actor y académico de la Universidad de Chile en esos años, quien define así el panorama hacia 1976:

“Aunque hubo varias, siempre se nombra a algunas personas como las directamente relacionadas con estas acciones represivas: Fernando Debesa, Fernando Cuadra y Hernán Letelier; cada uno a su estilo. Debesa actuaba con guante de seda, pero igualmente veía izquierdismo por todas partes. Cuadra, por ejemplo, mandó preso a un curso completo de alumnos que hizo un ejercicio escénico basado en una obra de Fernando Arrabal considerada muy transgresora”. [3]

La gestión de Hernán Letelier fue particularmente recordada por Sergio Aguirre, pues su comportamiento en nada se diferenciaba con el actuar demencial de un religioso sectarista o fundamentalista en una universidad laica y pública:

“Un día hizo un exorcismo para ahuyentar definitivamente los demonios marxistas que pudieran ocultarse bajo las butacas (del Teatro Nacional). ¿Parece esto un cuento divertido, un cuento basado en un hecho irreal? ¡No! ¡Es la verdad! Aún viven quienes contemplaron y escucharon aterrados lo sucedido y aún viven quienes colaboraron con su demencial tarea”. [4]

Frente a este panorama la devastación de los teatros universitarios fue casi inmediata. El mismo año del golpe cerró el Teatro de la Universidad de Concepción. De ocho teatros existentes, sólo cinco continuaron operando a media máquina y bajo el designio de la dictadura. La Universidad de Chile, como hemos visto, sufrió constantes restructuraciones a manos de diversas autoridades designadas sin ningún tipo de justificación ni proyecto académico de peso.

El Teatro Nacional Chileno, perteneciente a la Universidad de Chile, apenas sostuvo 33 montajes entre 1974 y 1990. Debió soportar, además, tener en primera fila a Lucia Hiriart como representante de la Fundación Nacional de la Cultura para cada egreso de escuela. Por su parte, La Escuela de Artes de la Universidad Católica fue cerrada. Su carrera de teatro fue fuertemente vigilada, varios actores fueron exiliados y a otros tantos se les prohibió aparecer en televisión. Conocido es el papel desempeñado por Hernán Larraín Fernández, -vicerrector de Comunicaciones PUC de la época y hoy senador de la república-, en la promoción de la censura contra el estreno de la obra lo crudo, lo cocido y lo podrido de la que hablamos en este artículo.

Como se puede notar haciendo apenas un breve resumen, la dictadura se encargó de destruir los proyectos culturales amparados por las universidades y volver infértil el campo para cualquier otro proyecto de esta índole. Con ello, progresivamente las universidades fueron perdiendo su rol público, golpe del que nunca más recuperó.

Podríamos pensar lo mismo respecto del teatro y su función social. Es cierto que el teatro ha crecido y se ha profesionalizado, pero también es cierto que hoy el vínculo entre teatro y sociedad es precario, como precarias son sus condiciones laborales. ¿Quiénes ven teatro hoy?, ¿Qué rol juega para la sociedad más allá del discurso políticamente correcto de que el arte y al cultura deben estar al centro del desarrollo de un país?

[1] Juan Andrés Piña, Historia del Teatro en Chile (1941-1990).

[2] Correa, Sofía, Historia del Siglo XX Chileno.

[3] Juan Andrés Piña, Historia del Teatro en Chile (1941-1990).

[4] Ortiz, N, Génesis y desarrollo del teatro de la Universidad de Chile: (1941 – 1991) en Juan Andrés Piña, Historia del Teatro en Chile (1941-1990).

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.