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En el teatro: ¿qué entendemos por acoso?, una pregunta aún pendiente

Iván Insunza asistió al “Primer Conversatorio TEATRO Y GÉNERO ¿Cómo enfrentamos el acoso?” y en este artículo aborda algunas reflexiones que le dejó el evento.

 

Por Iván Insunza

 

El pasado miércoles 22 de noviembre tuvo lugar en el Departamento de Teatro de la Universidad de Chile el Primer Conversatorio TEATRO Y GÉNERO ¿Cómo enfrentamos el acoso? Instancia anunciada en la sala Sergio Aguirre y finalmente realizada en la sala Agustín Siré y organizada por el Colectivo La Maraca (según entendí, conformado por estudiantes de ese mismo departamento).

La instancia se proponía abordar tres preguntas “como eje central”: ¿Qué entendemos por acoso? ¿Se reconocen prácticas de acoso en el espacio teatral profesional y/o formativo? ¿Cómo las enfrentamos? Para esto se contó, en la mesa, con la presencia de Constanza Blanco, Ana Harcha y Daniela Cápona. Entre los convocados, pude identificar estudiantes de algunas universidades, egresados y académicos del departamento.

Loable intención, sin duda, la de instalar a ese nivel institucional y desde la comunidad misma un tema como este. Sin embargo, me propongo, a modo de extensión de esa discusión, desplegar una mirada crítica al evento en sí y a sus temas, a mi parecer, más relevantes, no como un especialista en la materia ni un experto en teoría feminista, sino más bien, movilizado por un interés común.

Lo primero que habría que señalar es la escasa profundidad con que se abordó el asunto en las exposiciones. Tanto Blanco como Harcha manifestaron su decisión consciente de no abordar el asunto desde “una perspectiva teórica”. Hay aquí, a mi parecer, un error fundamental que condicionó todo el desarrollo de la que pudo ser una conversación mucho más profunda.

Me parece que estaban ellas allí, precisamente, por la capacidad de hacer un levantamiento interesante del tema. ¿Cómo mujeres? Sí. ¿Cómo miembros de esa comunidad? Sí, pero sobre todo por su rol de investigadoras, académicas y docentes. Porque la otra opción hubiese sido un grupo de contención donde el testimonio hubiese sido más pertinente, pero intuyo que no era esa la intención de la organización. Y es que bajo los argumentos expuestos se cae en la nociva idea de que la teoría es algo que está allá lejos y no nos sirve para pensar lo que está sucediendo acá cerca, cuando, por el contrario, es la teoría el único vehículo para establecer categorías, conceptos, estructuras, etc.

En vez de eso, se optó por una retórica testimonial y cotidiana donde el acercamiento a una definición de acoso se puede establecer sencilla y proporcionalmente al nivel de “incomodidad” que sufre alguien frente a una actitud o acción de otro, lo que me parece extremadamente peligroso. No tengo duda de la capacidad de Blanco y Harcha, pero creo que, sin duda, cometieron un error en la elección del modo de abordaje en su exposición.

Cápona afortunadamente decidió acercarse un poco más a la teoría y, en ese sentido, expuso algunas nociones generales de lo femenino y masculino como construcción cultural, en lo que parecía ser una relectura de las propuestas de Judith Butler. Centrada en el acoso callejero, se caracterizó esa acción como una “marca” que la masculinidad infiere sobre la mujer a modo de reafirmación de ciertas características de lo masculino: fuerza, liderazgo, potencia y, principalmente, deseo infinito.

El acoso callejero no tiene como objetivo último a la mujer, sino a la comunidad de hombres que observa, sentenció Daniela. Hubo espacio, también, para una breve caracterización de la estructura binaria con la que la cultura cristiana se apoderó de los distintos ámbitos de la vida, entre esos, la sexualidad y el género.

Se discutieron varios temas relevantes (dado que a diferencia de otras actividades de este tipo se contempló un tiempo extenso para preguntas y conversación, un gran acierto), lo complejo e indiscernible de estos fenómenos en una práctica que contempla relaciones físicas, afectivas, etc., el rol de la justicia y otros modos de acción directa como las “funas”, el arraigo cultural del machismo y los profundos enraizamientos del patriarcado, proporcionalidad y acciones posibles de defensa frente al acoso, la necesidad de desnaturalizar los comportamientos de acoso y degradación contra la mujer.

En relación a estos temas intenté introducir dos problemas, a mí parecer fundamentales y que las exposiciones no contemplaron: el acoso como una acción al interior de una relación de poder y el peligro de la criminalización del deseo. Aparecieron en mí estas categorías, no como una respuesta a todos los asuntos, sino como una alternativa que intentaba, en ese momento, dar curso a la pregunta por el acoso y su definición. Pienso en las relaciones de poder económicas (Marx), de género (Foucault), pero también en el ejercicio al interior de una institucionalidad determinada, lo que, a este respecto, lo hace aún más pertinente.

Es que me parece central en esta discusión hacer el máximo esfuerzo por definir con exactitud lo que no es acoso para poder identificar y sancionar lo que sí es. Esto, en directa relación a la atención que debemos tener para no transitar hacia relaciones higiénicas y desprovistas de afecto y deseo como creo que lo hacen ciertos protocolos instaurados en algunas universidades. Digo, si queremos erradicar el acoso no puede ser a costo de dejar de mirarnos, olernos, tocarnos y, finalmente, desearnos.

Considero que, en una conversación como esta, faltó abordar la pregunta central que proponía la organización: ¿qué entendemos por acoso? La tesis que terminó imperando fue un tanto superficial: el acoso existe, es malo, hay que eliminarlo. No podría uno no estar de acuerdo, sin embargo, el asunto se nos muestra bastante más complejo en el cotidiano. Quizás en la exposición de Cápona había una alternativa, pero faltó, a pesar de sus intentos, desarrollar cómo ese acoso callejero y sus causas se trasladan a la realidad de la formación o práctica a nivel profesional del teatro.

Insisto, el acoso como acción al interior de una relación de poder es un asunto central. Cuando mi intervención puso ese acento parecía haber acuerdo, sin embargo, no creo que se trate de una tautología y si se ensaya una caracterización del acoso no se debe dar por obvio.

Pienso que allí donde no hay poder, aquello que puede ser pensado como acoso, puede ser, simplemente, afecto, cercanía o directamente seducción y deseo, no ese inagotable que Butler ubica entre lo masculino y lo femenino como articulador del binarismo del que habló Cápona, sino del otro, ese que aún nos salva de convertirnos en un mundo kafkiano de funcionarios eficaces y correctos, sin lazos al interior de una práctica disciplinar o de la vida en general (respecto de la discusión en torno al asunto del sexo recomiendo, además del texto de Butler, el de Joan Copjec –El sexo y la eutanasia de la razón– quien afirma respecto de El género en disputa que “todo cuanto dice del sexo, elimina el sexo mismo” para contraponer el abordaje de la deconstrucción y el psicoanálisis).

Si se pasa por alto la pregunta que persigue definir y caracterizar el acoso, las siguientes dos preguntas quedan inmediatamente desactivadas, pues ¿cómo podemos identificar si hay tal cosa en el teatro si no sabemos qué es esa cosa? (bueno, de que la hay, la hay, pero, ¿cuándo hay acoso y cuándo no?) y, luego, ¿cómo podemos enfrentar aquello que aún no logramos definir e identificar?

Celebro la instancia y el modo en que se generó, pero, al mismo tiempo, lamento que se haya considerado a la teoría una invitada indeseable, era ella -y precisamente ella- la que podía ayudarnos a dilucidar qué es el acoso, para no declarar que la incomodidad es prueba suficiente para afirmar su existencia.

Me he sentido incómodo muchas veces y no creo que haya habido allí, necesariamente, acoso. En este caso, no creo que se trate de un privilegio dado por mi genitalidad masculina. De hecho, diría más: creer que el acoso aparece por arte de magia cuando una mujer se siente incómoda, sería asumir una indefensión, vulnerabilidad, debilidad, etc., de la que tanto le ha costado a la mujer desvincularse.

Lo que parecería, en principio, un paso adelante, sería, en realidad, un paso atrás. Es decir, asumir una permanente e imperturbable relación de poder de lo masculino frente a lo femenino, debe ser una constatación histórica sin transformarse en un horizonte de sentido que desactive un potencial empoderamiento. Creo que en ese ámbito paradojal radican las discusiones más interesantes del feminismo.

A seguir abriendo espacios como este, a seguir instalando discusiones como esta, a seguir enorgulleciéndonos del arduo trabajo que están desarrollando nuestras compañeras, pero sin limitarnos a aplaudir cada iniciativa (a riesgo de ser leído como reaccionario o machista por la policía que todo flujo ideológico comporta), las miradas críticas y la discusión constante son, pienso, el único camino.

Imagen: René Magritte, Los amantes, 1928.

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