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Teatro, inmigración y representación de la otredad (P.1)

Sebastián Pérez reflexiona en torno a los fenómenos del teatro, inmigración y la representación de aquello que llamamos “otredad” en el teatro. 

 

   1. El glamour de la diferencia

Tarde o temprano los fenómenos de mundialización, reorganización económica a escala global, desigualdad y pobreza iban a dar como resultado procesos inmigratorios inéditos en diversas partes del mundo. Chile no ha sido la excepción y hoy, al igual que en otras latitudes, en el espacio público colisionan discursos antagonistas: unos abiertamente racistas y xenófobos, y otros basados en retóricas de la inclusión.

De las terroríficas formas de criminalización y marginación propias del racismo y la xenofobia, no hay nada nuevo que escrutar: siempre operan del mismo modo. En cambio, son las formas de inclusión las que me interesa analizar pues hoy más que nunca operan de manera paradójica invisibilizando en la visibilidad de lo otro.

Hace unos días atrás vi en Facebook a una persona que celebraba como un triunfo en el combate contra la xenofobia, una publicidad de Wal-mart Chile a sus televisores LED mostrando a una feliz pareja heterosexual de piel negra. A su parecer, había allí cierta potencia o resistencia, aunque se tratase de un anuncio publicitario destinado al consumo, más que nada por el hecho de que la negritud comenzaba a aparecer en espacios tan normalizados y normalizantes como el de la publicidad.

Sin embargo, a mi parecer no había nada que celebrar: lo que allí había era una imagen demasiado tamizada, licuada y embellecida de la negritud, una representación de la diferencia clisada por el espacio de consumo que incluye solapadamente una peligrosa forma de normalización: la idea de que hay un tipo de negritud aceptable y otra que no. Obviamente, la negritud digerible y aceptable es la más blanqueada, la más bella, la más endeudable, la más glamorosa.

Por cierto que esta forma de normalización no es la única. Hoy la publicidad y el marketing ensayan a diario formas de inclusión mediante el mandato previo del consumo, lo que debería hacernos sospechar antes de celebrar cualquier gesto aparentemente progresista. De todos modos, el punto no es demonizar el consumo sino notar que la normalización solo parece ser algo bueno cuando no hace ni deseable ni indeseable lo diferente, simplemente permite que ello habite el espacio público como algo común.

   2. El teatro de la inclusión y la tolerancia

Este último tiempo en el teatro ha estado sucediendo algo similar: diversas puestas en escena explotan hasta el hartazgo la idea de que el gesto crítico del arte consiste en señalar la diferencia y darle representación, voz e imagen a aquellas identidades marginadas del poder: el subalterno, el subordinado, el pobre, el inmigrante, el homosexual, la minoría étnica, de género, etc. Aceleradamente hemos agotado la idea de que al traer a escena esa vida mínima, invisibilizada y precarizada, se logra sostener algún tipo de criticidad respecto a la realidad.

Pero el coeficiente de diferencia que permite hacer emerger lo verdaderamente extraño en la representación pocas veces aparece y pocas veces logra poner en crisis algo. Son muchas más las veces en que un determinado espectáculo enuncia el tratamiento de temáticas relacionadas con la diferencia, entendiéndola más bien desde su acepción más liberal.

Creo que esto sucedió, por citar un ejemplo, en la obra Fulgor de la compañía Niño Proletario. Aquella puesta en escena contaba con un espacio donde la compañía desplegó todo el trabajo de investigación/mapeo realizado sobre la figura del inmigrante/indocumentado. Aquel archivo desplegado podía ser recorrido y conocido por los espectadores. El problema es que toda la documentación, todo ese archivo recopilado, fue montado en la sala de NAVE al modo de una instalación que intervino el archivo estetizándolo. De este modo se anuló la posibilidad de conocer esas biografías, los datos reales, la información relevante no disponible hasta ese día.

El asunto era entonces experimentar ese espacio. Pero, ¿cómo se experimenta un archivo de este tipo? Sin coordenadas específicas, esa experiencia tendió hacia el sentido común.

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   3. Cuando te pautean sin saberlo

Hoy parece ser todo un desafío hacer aparecer aquella alteridad sin que esta se transforme antes en objeto de consumo estético que sea precorporizado por las instituciones norman y sancionan la inclusión y exclusión de representaciones potencialmente subversivas.

La precorporización consiste en la anulación del rendimiento crítico de un sin fin de prácticas artísticas en apariencia insurgentes, opositivas, disidentes, contrahegemónicas, críticas, anticapitalistas, etc., que ni siquiera llegan a hacerse carne (cuerpo) antes de ser presas de un modelado preventivo (leo aquí a Mark Fisher) por parte de quienes determinan y detentan la hegemonía en la representación de lo otro.

Podríamos pensar que el hecho de que hoy abunden retóricas de la diferencia que no hagan más que replicar el ejercicio liberal de la inclusión –como si el teatro fuese una extensión de una política pública- es síntoma de aquel modelado preventivo, al que el conservadurismo estético de las prácticas teatrales locales, -algo a lo que mi colega Iván Insunza ha notado y referido aquí-, no logra escapar.

Como se puede ver, he dicho en un mismo párrafo que la practica teatral local es liberal a la vez que conservadora. ¿Cómo es eso posible? La paradoja está presente desde los albores del liberalismo: los mismos liberales que en EE.UU e Inglaterra, luchaban por libertad, derechos y autodeterminación, eran dueños o accionistas de empresas de explotación de esclavos afroamericanos.

   4. El venenoso aguijón de lo extraño

Por eso superar los propios prejuicios que se hacen desde las representaciones oficiales de aquello que sería lo diferente, es hoy todo un desafío. Cuando digo “representaciones oficiales” me refiero no a una sola imagen normativa, sino a una multiplicidad de recursos recombinables utilizados para representar lo que vendría a ser lo otro, siempre en una permantente actualización, normalización e higienización de su técnica.

Hoy a las representaciones de la diferencia les hace falta algo, quizás “el aguijón de la extrañeza”, del que habla el filósofo Byung-Chul Han. Porque sin este, “la extrañeza se reduce a una fórmula de consumo. Lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre”.

Pero entonces, ¿dónde y cuándo emerge lo otro extraño? Quedará para una próxima columna. Mientras, diríamos provisoriamente, que lo otro emerge allí donde las cosas se vuelven realmente extrañas, infamiliares, raras y en definitiva, donde lo impensable acontece, casi siempre, en forma violenta: una masacre, una revuelta, una invasión. Como se puede ver, la relación entre representación de la diferencia, liberalismo y mercado son un verdadero dolor de cabeza.

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.