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Vida y (pronta) muerte de la Asociación de Directores Teatrales

Sebastián Pérez visita un particular episodio de la historia del teatro en Chile marcado por la tensa relación entre la extinta La Asociación de Directores Teatrales y la crítica.

En 1997, luego de juntar las firmas necesarias, se creó en Santiago de Chile la Asociación de Directores Teatrales, una asociación gremial nacida, según Alfredo Castro, su primer presidente, de la necesidad de “elevar el nivel de la discusión entre nosotros y profesionalizar el teatro”[1].

En noviembre del mismo año, el diario La Hora recogió el resultado del Primer Congreso de la Asociación de Directores Teatrales, donde Castro refuerza su idea de elevar el nivel de la discusión notando la falta de oficio de los propios artistas para sentarse a debatir y escuchar: “Noto posturas distintas y clarísimas que son difíciles de confrontar porque no existe en la experiencia el ejercicio de una confrontación sana y saludable”, afirmaba el actor.

Mirarse las caras, elevar el nivel de la discusión, aprender a debatir y confrontar posturas, eran entonces asuntos pendientes al mismo tiempo que el punto de partida para el trabajo de la asociación. Para ello, se consideró necesario generar no solo las instancias para discutir sino también acopiar información, de ahí que uno de los objetivos fuera armar un catastro de las creaciones artísticas y del material teatral existente en las últimas dos o tres décadas. Tamaña misión. Luego vendría el segundo paso: generar una publicación donde mostrar el trabajo de los directores escénicos.

Con todo esto se buscaba, según Castro, “motivar a la gente joven a hacer trabajo intelectual” en un país donde “no se hace teoría teatral”. “Sería interesantísimo –afirmaba el actor-, que un director explique cuál es su temática, por qué y cómo la trabaja, cómo trabaja con los actores, qué es el cuerpo del actor para él, cuál es su tendencia estética”.

Sin embargo, por alguna razón y pese al impulso inicial, la asociación no vivió mucho tiempo. Castro fue su único presidente y hasta donde sabemos, ninguno de los objetivos planteados fue cumplido. Con el tiempo se ha generado un manto de dudas respecto a las verdaderas intenciones de la asociación, por su breve existencia, por sus metas sobredimensionadas. ¿podría una asociación de 25 personas generar un archivo de dos a tres décadas de material teatral, con las consecuentes publicaciones, congresos, etc.? ¿No eran los objetivos propuestos por la asociación una tarea a escala de una facultad de arte y/o la escuela de teatro?

Para investigadores como el historiador Juan Andrés Piña, la asociación en realidad no fue otra cosa más que un intento por defenderse corporativamente del ejercicio de la crítica teatral: “La aspiración allí no era polemizar o disentir de un punto de vista determinado, sino de regular oficial y administrativamente aquello que a los ojos de estos 26 actores y directores aparecía caótico y desconfiadamente libre: gente que hablaba de las cosas que públicamente hacía otra gente, sin que les hubieran pauteado el libreto”[2].

“Nada que ver”, afirmaba Castro en octubre del 97′ en La Tercera a la pregunta de si había un interés por responder orgánicamente a los críticos de la época. Aunque matizaba: “En todo caso, así como el Colegio Médico vela por la ética de sus miembros y defiende a sus asociados cuando uno es injustamente atacado, me parece que la asociación estaría en su legítimo derecho si también lo hace”.

Más allá de la polémica respecto a los fines de la asociación, lo interesante de este breve episodio de la historia del teatro chileno, es que permite notar el lugar que ocupó la crítica hace 20 años atrás, organizando incluso descontentos. Hoy hoy vivimos el panorama exactamente opuesto. Salvo breves escaramuzas, la relación entre crítico y artista carece de conflicto. Cunde en cambio, una relación demasiado armónica: el crítico celebra a la obra y al artista, el artista celebra al crítico. Ambos se hacen publicidad y todos ganan, por añadidura, el campo crece.

Pero varias preguntas quedan en el aire. ¿Por qué Castro afirma la necesidad de aprender a debatir y confrontar posturas entre artistas? ¿Ha cambiado algo de eso hoy? ¿Aprendimos a debatir o simplemente evadimos el disenso?¿Qué sucedió en el camino que hacia finales de los 90’ la crítica parecía ocupar un lugar en el espacio público y hoy, 20 años después, casi ya no existe?

[1] http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-92111.html

[2] Piña, Juan Andrés, La crítica teatral bajo sospecha, Santiago, Chile: Revista Dossier UDP Nº 4. Recuperado de http://www.revistadossier.cl/la-critica-teatral-bajo-sospecha/

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Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.