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Trabajo Sucio: haciendo el trabajo

Fuimos a ver Trabajo Sucio, último trabajo de Marcos Guzmán. Estamos frente a una obra actoralmente sólida y con un gran despliegue visual que cuenta la historia de los trabajadores de una famosa torre de Santiago cuando deciden cobrar venganza.

 

Un grupo de trabajadores del aseo de una famoso rascacielos de Santiago se organiza en torno a un objetivo común: saldar cuentas con el poder que los oprime. Sin embargo a lo largo de la obra la relación entre víctimas y victimarios se complejiza, siendo más que una simple oposición de fuerzas entre quienes detentan el poder y quienes sufren de su aplicación.

En Trabajo Sucio la adaptación de Los Negros de Jean Genet hecha por Nona Fernández, funciona como puerta de entrada para ingresar a un mundo donde la obra asume, se visibilizan los contornos del capitalismo. Por ello nos enfrentamos a un aséptico y elegante baño de mall en cuyas paredes exteriores penden los logos de grandes empresas tras finas enredaderas ecológicas y estilizados diseños de iluminación, mientras que de su aseo y mantención se encarga una cuadrilla de trabajadores subcontratados, tanto inmigrantes como nacionales.

Desde esta premisa la obra exhibe el sinsentido de un país neoconservador: liberal en lo económico y económico en lo liberal, donde las formas más hostiles de dominación persisten mutando más allá de lo evidente; donde los discursos clasistas, racistas y xenófobos no desaparecen, sino que tienden a mimetizarse con el entorno para sobrevivir, siendo absorbidos en buena parte por una sociedad que ha confiado en valores como el éxito personal, el consenso, el chorreo, etc.

Contextualizar y criticar al capitalismo no es algo particularmente novedoso. Sin embargo, resulta refrescante la insolencia con que Trabajo Sucio muestra la cara de la ideología imperante (aquellas marcas comerciales), sin interés alguno por redimir a la clase dominada. Con ello la obra se suma al impulso de un teatro, que sin épica ni paternalismos, intenta hacerle frente a una sociedad diezmada por la intensidad de lo real.

Esto, que en un primer momento asoma como una mirada reaccionaria, en realidad se nos presenta como una estrategia: la obra se articula desde su inicio como un cuestionamiento al lugar del otro. Por ello lo primero que vemos es a un negro, Steevens Benjamin, quien con progresiva rabia increpa al público hablando en creole. Luego, es él mismo quien transfigura a su compañero (un sólido y prolijo trabajo actoral de Francisco Medina), hasta volverlo un reflejo de sí mismo.

Observamos el reverso de una sociedad que ha pretendido construirse sin reflejo y en base a la constante anulación de la otredad, que solo importa exotismos, y que ha de enfrentar tarde o temprano, –y a cualquier precio-, el hecho de que su propio desarrollo continúa basándose en la precarización de seres anónimos. Y en tanto no existe un YO sino a condición de un OTRO, el resultado es la ausencia de un relato común, de lo común y por lo común.

Lo que persiste es un tipo de individualismo radical como consecuencia de la descomposición de toda narrativa social. Y en Trabajo Sucio vemos a trabajadores que, en la consumación de su venganza, sólo pueden saciar su propia individualidad, y para nada mas que sobrevivir en aquel goce a la reiteración de su propia explotación. Por ello su relación con el poder es ambivalente. Por una parte lo desprecian, por otra participan de él replicando sus estructuras.

Marcos Guzmán, no es asociable en primera instancia como un director político, ahí donde lo político suele asociarse con un estado de compromiso social, un discurso y una estética de la denuncia. Y sin embargo, un acierto de Trabajo Sucio es salir a cuestionar qué es lo político en el teatro, oponiéndose al sentido actual, poco novedoso en su crítica (que suele hacer mejor la prensa independiente), preso de la inmediatez de la contingencia y encadenado formalmente al texto.

Trabajo Sucio propone cuestionar la ideología imperante más allá de una dialéctica entre opresores y oprimidos. Así mismo, la obra sale a disputar la hegemonía del texto en la puesta en escena, interrumpiéndolo a través del despliegue de una serie de tecnologías escénicas. Entonces se vuelve central la producción de imágenes, y el resultado final es que en el diseño visual reside la mayor potencia crítica de la obra.

Precisamente, la visualidad juega un papel protagónico en Trabajo Sucio, aun cuando el texto de Genet provee el marco dramático. Por cierto que esta operación tiene un costo, y ese es el de la dilución de su propio hilo narrativo, haciendo que a ratos la obra divague en un suceder de imágenes aisladas cuya pura voluntad por lo sensorial resulta insuficiente para su comprensión.

Está por verse si un teatro basado circulación de imágenes en un mundo dominado por la imagen logra sostener un rendimiento crítico. Con todo, que la obra salga a disputar el cliché de lo político, sólo puede ser un bien, al menos, hasta que su propia insolencia devenga en estilo.

FICHA ARTÍSTICA

Texto Original / NONA FERNÁNDEZ
Adaptación y Puesta en Escena / MARCOS GUZMÁN
Elenco / ALFREDO CASTRO / MARIANA LOYOLA / FRANCISCA MÁRQUEZ / FRANCISCO MEDINA / FERNANDA RAMÍREZ / STEEVENS BENJAMIN / LINDA CÁCERES / KELVIN DELVARD / WALNER EMILDOR / GUILLERMO GUTIÉRREZ
Diseño Integral y Realización CRISTIÁN REYES
Diseño Sonoro ANSELMO UGARTE
Asistencia JOSEFINA DAGORRET
Producción KATY CABEZAS
Diseño Gráfico – Retoque Digital CAROLA SÁNCHEZ
Realización Audiovisual ROBERTO CONTADOR
Fotografía ENRIQUE STINDT
Co Producción TEATRO LA MEMORIA

Foto Portada: Maglio Pérez

Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.