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Disputa cultural actual: 6 apuntes

Arnaldo Delgado escribe en Hiedra a propósito de crisis representacional, malestar en Chile y cultura transformadora.

 

Arnaldo Delgado
Investigador Centro de Investigaciones Transdisciplinar en Estéticas del Sur (CITES)
Autor Abecedario para Octubre y Prolegómenos sobre el Esteticidio

 

I.
Hace más de un año que la estatua del General Baquedano fue removida de la plaza con su nombre. Sin haber sido derribada por quienes salimos a las calles, como otras estatuas o monumentos durante los meses de la revuelta popular, el monumento también cayó…simbólicamente hablando. Los militares, escandalizados por el uso que tuvo la estatua durante los días post octubre, vieron superada su tolerancia a la profanación patria. El 12 de marzo del 2021 una grúa extrajo el monumento, sin embargo la base que la sostenía quedó allí, firme e impertérrita, como pura piedra; diríamos, poética o filosóficamente, como sosteniendo el vacío, un vacío en espera de su restauración, o quizá, y he aquí lo interesante, en espera de una nueva “monumentalización”.

En redes sociales circuló una batería de imágenes fotoshopeadas que proponían llenar el espacio: la forma extraña que el padre de Milhouse dibujó en un capítulo de Los Simpson, posibles estatuas del negro Matapacos, monumentos a los ojos mutilados, entre otras cosas. Fueron miles las imágenes que circularon, siguiendo la explosiva tendencia creativa gatillada por la revuelta. Pero antes que cualquier posible intervención, la base del monumento fue tapiada: murallas de cuatro o cinco metros de altura protegían una base vacía. Absurdo a primera vista, es cierto, pero deja de serlo a una segunda mirada cuando la protección al vacío se comprende como la única jugada posible del orden vigente, el que, sin capacidades creativas, espera ilusamente el momento preciso para reinstaurar su viejo orden simbólico. Pero ¿qué hay de un orden simbólico nuevo?

II.
Hace unos días volví a ver el documental Escapes de Gas, de Bruno Salas, que muestra el proceso creativo en torno a las construcción del edificio de la UCTAD III, actual GAM. Me fue inevitable detenerme largo rato en la intensidad de un proceso social que instituyó su gobernanza gracias a la Unidad Popular, pero que creativamente se articuló por la coligación que durante décadas, y de forma acumulativa, fueron sosteniendo las y los comunes y corrientes del pueblo. Esto último es fundamental para entender la potencia creativa que caracteriza a la Unidad Popular, sobre todo en términos culturales, pues, si bien es conocida y rastreable la política cultural tanto del gobierno como de los aparatos culturales de los partidos de la coalición —sobre todo del Partido Comunista—, la potencia creativa (expresada en instancias emblemáticas como la medida 40, el Museo de la Solidaridad, la editorial Quimantú, el tren de la cultura, el sello DICAP, etc.) sólo logró tales niveles de fuerza a causa del nervio, entraña y sangre de un movimiento integrador de comunes y corrientes que, articulados como pueblo, fueron capaces de armarse una representación viva de sí; una imagen, un sonido y una sensibilidad para sí.

Esto quiero refrendarlo con un ejemplo: alguna vez el compositor Fernando García, Premio Nacional de Artes Musicales e histórico artista militante comunista, me contó que por los años 40 el Partido no exigió a sus artistas aferrarse a líneas estilísticas determinadas para sus obras, ni tampoco seguir métodos específicos que enmarcaran doctrinariamente sus procesos creativos, como ocurrió en otras partes del mundo a causa de la normatividad de los socialismos reales. Así las cosas, me contaba García, Luis Corvalán, histórico secretario general comunista, habría pedido a sus artistas solamente no contravenir los principios del Partido. Con más o menos control por parte de los aparatos burocráticos de la izquierda chilena de la época, lo cierto es que la alineación expresiva de las y los artistas militantes se debió primariamente a la representación para sí de las y los comunes y corrientes del pueblo. Del tal modo, la sonoridad y visualidad que caracterizó a la Unidad Popular, aunque diversa en tendencias artísticas, logró alineación y semejanza creativa a causa de dicha auto-representación sensible popular; es decir, resultante de la puesta en común de sentires (comunalización sensible, le llamo en mis trabajos) que, enmarcados en un tránsito histórico que duró décadas, logró la madurez suficiente para un momento creativamente instaurativo; un momento vivo de creatividad popular instituyente que, junto al gobierno, pero a la vez desbordándolo, fue capaz de disputar la estabilidad de un nuevo orden tanto simbólico como sensible. Pero ¿qué hay de nuestra época? ¿Qué papel le cabe a las y los trabajadores de la cultura?

III.

Para abordar las preguntas anteriores es necesario un desvío. Hace décadas que en Chile asistimos a una crisis de representación radical. Para entender en qué consiste hay que partir de la premisa de que toda representación precisa de una presencia basal, es decir, la presencia de la o el representado. Si representarme implica que otra u otro (la o el político) haga las veces de mí, o de nosotros, lo lógico es pensar que antes deberíamos haber estado presente para nutrir con contenidos a quien nos representará. La representación, entonces, sólo halla sentido tras la presentación: presentación à re-presentación; presencia à re-presencia. Al respecto, la democracia chilena tiene una deficiencia estructural dada por la “fetichización” de la representación, es decir, la representación, prescindiendo de la presencia, queda orbitando en su propio eje: las y los representantes políticos, vueltos una clase, prescinden de todo contenido dado por la presencia deliberativa de las y los representados. Pero, si pensamos en el Chile de las últimas décadas, la divergencia radical entre la presencia popular y la representación de la casta política tiene un límite de separación, un límite de tolerancia. Éste se alcanzó el 18 de octubre de 2019.

“Volvemos a llamarnos pueblo” decía un lienzo en Avenida Grecia, Santiago, días después de comenzada la revuelta. Pero lejos de lo puramente nominativo de la consigna, dado por el verbo “llamar”, parecía ser que asistíamos a la presentación de algo anteriormente ausente. En la revuelta aparecía el pueblo como articulación política de las y los comunes y corrientes, agitando el avispero, y haciendo tambalear los consensos que sostenían al sistema de representación de las últimas décadas. Pero ese remezón se encontró rápidamente una dificultad: articularse una representación propia. Siempre cuando hablo de esto utilizo el siguiente juego de palabras para graficar el problema que esto último significa: en octubre del 2019 se hizo patente, por una parte, el sistema representacional sin presencia popular (la política chilena de los últimos 50 años), y, por otra, la presencia popular incapaz de generar una representación articulada para sí. Representación sin presencia y presencia sin representación, como dos tensiones paralelas sin posibilidad resolutiva. Pero ¿de dónde viene la incapacidad de la presencia popular para articular, en los meses posteriores a la revuelta, su propia representación? ¿Cómo incide esto en la emergencia de un nuevo orden simbólico?

IV.

La profundidad de la crisis representacional va más allá de las desconfianzas a las representaciones políticas (desconfianza en una relación vertical representante-representado), sino que ésta radica principalmente en una desconfianza horizontal, es decir, en la pérdida de confianza en las y los semejantes. De esto ya han escrito bastante las y los cientistas sociales, sobre todo en lo relacionado a la denominada “racionalidad neoliberal”. Sin embargo, esta pérdida horizontal de confianza incide directamente en el vivir diario y prosaico, por lo tanto, lo que aquí quiero es caracterizar a la profundidad de la crisis de representación desde la desestabilización de las formas en que se nos presenta el vivir en común; desde la desestabilización de la representación del mundo como espacio compartido del vivir.

Tras décadas de neoliberalismo, y de su consecuente individualismo radical, el mundo compartido, el mundo del común vivir, pierde en densidad y adquiere, desde su inmensidad, niveles agudos de ajenidad y hostilidad para las y los comunes y corrientes. La desnutrición del vivir compartido redunda en la pérdida de arraigo y agencia para el desarrollo de la cotidianeidad común. La y el común y corriente queda como flotando, desarraigado, con un mundo compartido cada vez más endeble y en una peligrosa intemperie de incertidumbre e incerteza que lo sume en el malestar.

“Malestar”, palabra clave. Estar mal es un sentir mal. Estar-siendo mal es un estar-sintiendo mal. El desarraigo al mundo compartido es sobre todo un desarraigo sensible al estar en común. Así, el común-sentir se revierte. De la comunalización sensible a la descomunalización de la sensibilidad. Lo que quiero decir, entonces, es que la sensibilidad adosada al malestar tiene un papel fundamental en la crisis de de representación, y desde allí se comienza a responder la pregunta que en los dos primeros apartados me hacía.

V.

Las murallas que instaló el piñerismo para contener el vacío que dejó la estatua de Baquedano duraron 7 meses. En la conmemoración del segundo año de la revuelta, el lunes 18 de octubre de 2021, las murallas fueron derribadas por las y los que estábamos ese día en Plaza de la Dignidad. El vacío quedaba expuesto, y el orden decadente ya no era del todo capaz de reservarse un tiempo para la restauración de su orden simbólico. Pero seguimos con la pregunta inicial ¿fue capaz el movimiento popular de instituir el suyo? ¿Tiene el movimiento popular la creatividad suficiente para instituir un nuevo orden simbólico?

Todo proceso de transformación implica energía o potencia destituyente, aquella que desordena lo viejo, y energía o potencia instituyente, aquella que ordena lo nuevo. Ambas energías, ambas potencias, son per se diferentes. Si lo refrendamos con nuestros eventos recientes, la potencia destituyente de los últimos años es enormemente más grande que la energía instituyente (expresada esta última en la Convención Constitucional, la propuesta de Nueva Constitución y el gobierno de Apruebo Dignidad). Si superponemos ambas potencias, hay un resto en que lo que se destituye es mayor que lo que se es capaz de instituir; hay un diferendo en que la energía destituyente no puede traducirse en energía creadora instituyente[1].

La creatividad vista durante la revuelta de octubre tiñó de colores la presencia popular en las calles: aquella de murallas pintadas, canciones, performance, memes, etc. Pero esta creatividad no se tradujo en creatividad ordenadora, no fue capaz de articularse una representación política de sí, no fue capaz de politizar sus momentos de ausencia (representarse sin necesidad de tener una presencia constante en la calle); es decir, fue manifestación creativa enmarcada casi exclusivamente en la potencia destituyente. El vacío al centro de la Plaza grafica este trágico suspenso político: el viejo orden, en tanto representación sin presencia (Plaza Baquedano), y, al mismo tiempo, la potencia de uno nuevo, en tanto presencia sin representación (Plaza de la Dignidad). La base del monumento aparece semanalmente con colores y consignas diferentes; son una pléyade de voces que se superponen, generando un palimpsesto imposible de estabilizar una sola voz articulada. La creatividad destituyente, a causa de la crisis representacional, quedó girando en su propio eje, sin potencia ordenadora. Es más potente la descomposición del orden simbólico viejo que la composición del nuevo. Con esto proponemos una posible respuesta a la pregunta inicial pero, como optimistas de la voluntad, nos preguntamos si acaso esto es definitivo.

VI.

Desde un aspecto sensible, creativo e instituyente, el proceso acumulativo del siglo XX, que generó una representación para sí del pueblo chileno, y que se expresó con mayor nitidez en la Unidad Popular, no es equiparable a la creatividad, imaginación y sensibilidad representacional desde la revuelta popular hasta hoy. Si bien es obvio que las circunstancias históricas hacen que ambas articulaciones sensibles, imaginativas y creativas sean diferentes, aparte de mostrar estadios de acumulación, organización e institución política popular disímiles, ambos hitos presentan calidades representacionales radicalmente distintas.

Si la sensibilidad es clave para la agencia y arraigo al mundo compartido, hoy el talante sensible de la incerteza torna refractaria la posibilidad afectiva con para la o el otro. Si bien esto fue circunstancialmente interrumpido por la comunalización sensible de la revuelta popular, aquella del “nos costó tanto encontrarnos, no nos soltemos”, para instituir de forma estable se precisa de salud representacional[2]. He allí el desafío.

Los desafíos políticos giran en torno a la sanación representacional, y en ello los siguientes conceptos son clave: presencia, sensibilidad, imaginación y creatividad. Es a este asunto, a este conflicto, el que llamo la disputa política de la cultura. Primero, como la disputa por la coligación sensible entre las y los comunes y corrientes, asunto que engruesa la agencia y arraigo al mundo compartido; segundo, como la disputa por la capacidad imaginativo-creativa de las y los comunes y corrientes, asunto que afirma las certezas colectiva en torno a futuros posibles; tercero, como la disputa por la potencia instituyente de las y los comunes y corrientes, asunto que refuerza el ordenamiento y estabilización de lo popular.

Presencia popular es un estar presente, estar presente es un estar siendo, estar siendo es un estar siendo-sintiendo presente. Esta es una disputa que, aunque cultural, trasciende al denominado sector cultural, pero encuentra en este último una actoría clave en las directrices táctico-estratégicas de la comunalización sensible. De aquí la pregunta del apartado 2, sobre el papel de las y los trabajadores de la cultura.

La política cultural transformadora, aquella que implica en sentido lato a las y los trabajadores de la cultura —gestores, animadores, artistas, cultores, creadores, etc.— debe trazar como estrategia la nutrición de la forma en que se presenta y organiza ese mundo de la vida compartida: el vivir del pueblo. De aquí la importancia de la organización y coordinación transformadora de las y los trabajadores de la cultura, en tanto dinamizadores de las sensibilidades populares, y en tanto impulsores de políticas culturales, como lo es la de los puntos de cultura —incluidos en el programa de gobierno de Apruebo Dignidad— que, debidamente gestionados, pueden llegar nutrir de forma potente las sensibilidades, creaciones y expresiones del vivir en común. Organización, expresión, creación y sensibilización; organización, expresión, creación y sensibilización; organización, expresión, creación y sensibilización, es el mantra de quienes, comprometidos con lo nuevo que se abre, transforman culturalmente desde el trabajo cultural.

Si ser pueblo implica una forma particular de vínculo creativo, imaginativo y sensible, la disputa política de la cultura ha de ser por el largo y lento tránsito de acumulación y estabilización de aquella juntura popular, para que el “nos volvemos a llamar pueblo” sea un constante “nos estamos llamando pueblo”, y para que ese “no nos soltemos” sea por un “ya no nos soltamos”. Sólo de la nutrición creativa, expresiva y sensible de la presencia es posible vislumbrar la sanación representacional. Si bien esto es sólo una parte del abordaje acerca de la disputa política de la cultura, he allí un canal para echar a andar, desde el sector cultural, la reversión de la aguda crisis representacional; posibles abordajes a la sanación representacional necesaria para llegar a instituir un nuevo orden simbólico, que llene el vacío, pero, sobre todo, que estabilice la representación del mundo compartido para nosotras y nosotros, las y los comunes y corrientes. Organización, expresión, creación y sensibilización.

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[1] Al respecto, ver ensayo https://www.revistarosa.cl/2022/07/10/disputa-politica-chilena-actual-seis-apuntes/

[2] Al respecto, sobre la desarticulación del pueblo post-revuelta ver ensayo https://revistahiedra.cl/opinion/disputa-politica-chilena-actual-trece-apuntes/