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Premios Clap!: ¿qué hace una agencia de viajes y rent a car premiando el teatro local?

Esa es la pregunta que nos hemos hecho quienes de un modo u otro hemos criticado la reciente realización de los “Premios Clap!”, evento organizado por tercer año consecutivo por la conocida empresa “Atrápalo”, según dicen, para el “reconocimiento del teatro chileno”. La duda, -a mi parecer, completamente legítima-, surge de lo singular de la premiación: una empresa española cuyo negocio consiste en ofrecer ofertas para restaurantes, hoteles, vuelos, viajes, conciertos y arriendo de automóviles, entrega premios para el teatro local.

Sin embargo, habría que reconocer un sesgo en la pregunta: sea por nuestra tradición política, o bien por la histórica mezquindad filantrópica del mundo empresarial y la elite chilena, desde el campo del teatro hemos mantenido una tensa relación con el mundo privado (y aunque en menor grado también con el propio Estado), cuestión que hace difícil su ingreso y aceptación.

Pues bien, a la pregunta no ha habido respuesta oficial de Atrápalo, sin embargo, hace unos días atrás una de las organizadoras de los “Premios Clap!” salió a defender en redes sociales el evento, asegurando que la premiación cumple una función social, informando, difundiendo y hasta generando nuevas audiencias para el teatro. ¿Se puede afirmar algo así con tanta propiedad? Tal vez. Aunque pareciera que una buena respuesta requeriría de un análisis más extenso.

Ahora bien, uno de mis intereses, junto con discutir el propósito de los “Premios Clap!”, es problematizar sus efectos, por lo que me será útil imaginar que realmente se cumplen los objetivos que se dicen buscar. Lo que sigue entonces es insistir en algo que puede parecer un poco obvio: lo que hace Atrápalo no es gratuito porque no son las Carmelitas Descalzas. Su aporte, de ser real, en ningún caso sería algo desinteresado.

¿Significa esto inmediatamente que estos premios son malos y que todo esto no es más que un simple negociado, un show mediático-farandulero? Evidentemente no. Aceptar esa caricatura como respuesta implicaría, tal como lo hace la defensa del evento, el dejar de ver ciertas cosas. Dicho de otro modo: así como los tiempos no están para seguir pensando que la responsabilidad social empresarial es desinteresada, tampoco están para reiterar las mismas críticas de sentido común sobre el mercado, el show business, etc.

De este evento soy crítico, pero de aquellas críticas de sentido común que suponen saber algo que el resto ignoramos, soy derechamente enemigo. Son para mí como el rapero de micro: vienen a decirnos algo que ya sabemos (que la tele miente, etc.), no nos ofrecen nada nuevo ni distinto que pensar y cobran.

Estas críticas ya adelgazadas de sentido, encuentran rápida neutralización en la siempre eficaz maniobra de autovictimización a través de la cual, – ya hemos visto a nuestros políticos- se vuelve un ataque personal lo que es una crítica de orden social. Entonces cualquier reparo que se le haga a estos premios termina siendo pura “mala onda”, “mala leche”, “chaqueteo”, etc. Todo esto debería prevenirnos de insistir en maniqueísmos donde lo privado es malo y lo público es bueno, donde el espectáculo-farándula son algo espurio versus el valor de lo artístico y donde el mercado es lo que hace exclusivamente el mundo privado y no una racionalidad agenciada por el propio Estado.

Por lo pronto, dudo mucho que una empresa transnacional que factura más de 370 millones de euros al año vendiendo viajes, comidas, hoteles, autos, etc., tenga por interés forrarse con una premiación al teatro local. El asunto es más complejo (y volveré sobre eso al final).

En conversaciones por aquí y por allá, me he convencido de que uno de los grandes problemas de nuestro medio hoy es la neurótica necesidad de tomar posición respecto a la contingencia. Demasiado pronto articulamos posiciones con más menos las mismas ideas de siempre, que suelen dejarnos donde mismo. El resultado entonces es una velada imposición: estás en contra o estás a favor. No hay más. Pero aunque parezca un contrasentido, ya no basta con hacer cosas ni decir cosas. Quizás de lo que se trata sea todo lo contrario: detener todo impulso. Es hora de sentarse a pensar el contexto paradojal en el que vivimos.

En una entrevista con un periódico costarricense, el filósofo chileno, Sergio Rojas, ahonda en esta paradoja: “nunca hubo tantas posibilidades para el arte, tantos espacios de exhibición, escuelas de arte, becas, pasantías… nunca fue mejor momento para el arte. Hace 50 o 60 años era solo cosa de élite. […] Por otro lado, nunca fue tan difícil hacer arte, nunca fue tan difícil para el artista estar a la altura de las circunstancias, de lo que está sucediendo”.

Siguiendo a Rojas, de lo que se trata al parecer es de abandonar el juego de posiciones –o al menos retrasarlo- para insistir en cuestionamientos a lógicas de producción y circulación del poder más allá de lo evidente. No por tozudez, no por obstinación, simplemente, porque todavía hay espacio para ello. Me parece que este es el único espacio de articulación de estrategias complejas.

Entonces, ¿qué hace un rent a car y agencia de viajes premiando el teatro local? Hace una movida táctica muchísimo más inteligente que las críticas que recibe: a través de unos premios de escaso aporte simbólico para los galardonados y para el medio, capitaliza simbólicamente mucho más de lo que invierte, se convierte en actor relevante, genera redes de dependencia con diferentes operadores del medio y legitima su imagen en un evento de bajo costo.

Si nos parece bien o nos parece mal, da igual, mientras las condiciones lo permitan, el evento y sus efectos seguirán ocurriendo. ¿Quisiéramos que ocurriera algo distinto a lo que hay? Entonces es momento de sentarse a pensar estrategias complejas.

Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.