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¿Qué hacer cuando te critican?: sobre el pensamiento crítico y el ejercicio de la crítica

“El pensamiento crítico no es una mera competencia transferible a través de la formación intelectual, de los ramos de historia, del hábito compulsivo de leer, de conectarte con el arte y la cultura”. Sebastián Pérez escribe a propósito de un desencuentro en redes sociales…

 

El otro día quise acotar en una red social la diferencia que existe entre un artículo de opinión y una crítica, a propósito de un texto publicado en El Desconcierto sobre la obra Mistral, Gabriela (1945) que sacó chispas en ciertos círculos. Sin embargo, aunque mi metida de cuchara era más bien epistemológica, fui mandado a leer sobre feminismo [1]. Todavía no entiendo bien cómo se empata el hacer una diferencia teórico-disciplinar entre géneros literarios con saber más o menos de feminismo, la cosa es que este episodio me hizo pensar en el problema de la recepción, y más concretamente, en la escasa preparación que tenemos en la recepción de comentarios y críticas con las que no estamos de acuerdo al punto de la sordera, de no diferenciar quién está hablando qué.

Y es que nos cuesta mucho debatir desde un espacio que no sea dialéctico, meramente opositivo. Sabemos, en el mejor de los casos, articular una posición, definir un límite respecto a lo que no estamos dispuesto a leer y escuchar, pero no sabemos articular un diálogo sin entenderlo o como mero consenso o pura y sorda oposición. Tristemente, de esto no escapa nadie: año tras año egresan decenas de sujetos sobrecalificados con tesis que llaman a la reflexión y a la crítica de las propias prácticas disciplinares. Día tras día las redes sociales se llenan de posteos de sujetos políticamente activos e intelectualmente respetados llamando a poner en práctica el pensamiento crítico. Con un vino de honor en la mano, hablamos de la necesidad de subvertir el pensamiento, de entender las fronteras como lugares de tráfico y contaminaciones (con todo ese discurso contrahegemónico que cotiza bien en el mercado neoliberal de los conceptos) pero a la hora de tener que articular un debate de nuestras propias prácticas cotidianas, del límite de nuestros propios conocimientos, entonces la frontera la entendemos a la Trump: como un límite y una trinchera.

Nos cuesta aceptar una crítica. Nos cuesta más aún articular una crítica a la crítica que no sea fundamentalmente una reacción epidérmica desplegada hoy en la comodidad y seguridad de la virtualidad. Aplica, en cambio, la máxima Underwoodeana de “si no te gusta cómo está puesta la mesa, da vuelta la mesa”, lo que se traduce al mundo virtual en harta violencia textual, en bullying digital, y por supuesto, mucha bravata de escritorio [2]. A esta bravuconería digital le va bien en redes sociales: captura likes vendiendo su estética de la disidencia, expresando su malestar con virulencia, con altas dosis de sarcasmo e irreverencia ante cualquier cuestión con la que no esté de acuerdo, aunque al medio de su posicionamiento no haya más que un vacío y ganas de incendiar la pradera.

Esta flagrante ausencia de puntos de referencia -que son lo que permiten articular un debate teórico y político interesante, como sucedió hace unos meses atrás con Manuela Infante publicando una opinión sobre el trabajo de Marco Layera (quien prefirió no responder públicamente- da como resultado la nula construcción de juicios bien argumentados. Y este es el segundo capítulo de la crisis de la crítica del que poco hablamos: la responsabilidad que le compete al receptor, al espectador, al público. Porque no importa cuán brillante, analítica y certera sea una crítica, si el receptor es sordo, el esfuerzo es en vano.

Y si prolongamos la metáfora acústica, el equivalente a escuchar sería desarrollar el verdadero pensamiento (auto)crítico, principio que está lejos, muy lejos de ser mera competencia transferible a través de la formación intelectual, de los ramos de historia, del hábito compulsivo de leer, de conectarte con el arte y la cultura. Por eso tampoco hay doctorado que te salve, porque eso no se enseña en clases, no es algo que la academia pueda transmitir.

El pensamiento crítico no es mera habilidad dialéctica (cuestión que nos lleva a la política de trincheras que tanto gusta a cierta política outsider, la regalona del mercado), es una forma de producción continua de conocimiento. Y más que eso, es al final una ética frente a la vida. Escribo esto último y pienso en personas como Anne Druyan, en Richard Feynman, en Carl Sagan. Y en chile, para no ser menos, un Clotario Blest.

[1] Para colmo la crítica de corte feminista al artículo me había hecho pleno sentido.
[2] Este choro de internet es finalmente inofensivo. Escribiendo esto recordé los múltiples episodios de bravuconería digital que he vivido como crítico teatral, incluidas demandas internacionales y como todo queda en nada cuando coincidimos a la entrada del teatro.

Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.