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Inecita

Constanza Araya fue a ver «Inés», montaje ganador del Segundo Festival de Teatro de la Universidad Mayor 2014. Mediante el monólogo de una mujer cincuentona interpretado por tres actrices, la compañía de teatro “La Rusa” reflexiona sobre Chile, su idiosincrasia y la resistencia al cambio.

 

Inés: nombre femenino de origen griego «agné«, Agnes es su forma latina. Su significado es «Aquella que es casta y pura» o «Aquella que se mantiene pura«. Se asocia a la palabra latina agnus (cordero) por su fonética y con su significado cristiano (Cristo el cordero de Dios «Angus Dei«); de ahí su representación con un cordero y la palma del martirio.

Inés se presenta en escena como una mujer dividida en tres. Cada una de ellas más radical que la anterior. Inés desprecia a la judía, a la nanita, al mapuchito; a la clase que nació para servirle y que no debe cambiar de lugar, “¿para qué?” Inés rotea en distintos niveles: la primera Inés es algo pudorosa, la segunda lo hace con gracia, la última desata su rabia.

La obra Inés tiene mucho de otra Inés, de aquella que decapitó mapuches e hizo rodar sus cabezas en plaza pública para defender la honra de Santiago de la Nueva Extremadura, de aquella a cuyo nombre se agregó póstumamente un “de” para separar el nombre del apellido, gestos de una nobleza inexistente que buscan borrar el origen. Inés se relaciona naturalmente con Inés Suárez.

Inés es un montaje simple, directo, sin mucho artificio y cargado de signos. Simple en su diseño remite a una burguesía decadente de la más tradicional, muy reconocible en la sociedad chilena actual y también en la pasada, esa que no pasa de moda; al contrario, se arraiga con más fuerza a medida que avanzan los años, llegan los cambios y con ellos la resistencia a estos. Eso es Inés, la personificación de un Chile que no quiere cambiar, que no desea ceder algo de sus privilegios de clase, que se mantiene firme ante un mínimo muestra de revolución.

Inés es un monólogo que, por medio de distintos cuerpos, se fortalece, se hace más cruel y pega en la cara mostrando a una mujer sin pudores en su discurso fascista hasta la médula. Tres mujeres vestidas de la misma manera pero con maquillajes que las diferencian y que resaltan el grotesco de lo que representan. Una empleada que es la imagen de ese pueblo que Inés tanto desprecia, pero del que no puede dejar de depender. Una empleada que a su vez, que busca silenciosamente hacerse de ese poder perdido.

La ironía surge por sí misma en Inés, porque ese discurso que expele fascismo es parte de todos los que nacimos y vivimos en este país indescriptible, clasista, new rich y bastante patético a ratos. La ironía permite relajar el montaje y juega a favor porque reafirma su discurso. De hecho, el único momento en que la obra cae en la redundancia es cuando ese discurso se formaliza y se muestra desde un lugar serio: ya se había hablado en serio en todo momento.

Inés es una obra inteligente, aguda, entretenida y bien hecha, simple en imagen y potente en idea. Se hace necesaria para refrescar la memoria y dar cuenta de esa pretensión de inmovilidad social, de privilegios históricos y eternos, de uso y abuso a la clase trabajadora, de desprecio a aquel cuya piel deja en evidencia los antepasados indígenas que lleva en su sangre. Es necesario recordar que el enemigo sigue vivo, que las miles de Inés “de” Suárez que habitan en Chile están atentas, esgrimiendo una fortaleza que impida imponer el cambio, un cambio que la mayoría pide a gritos, gritos cansados de luchar en un país poco amable y que ha hecho rodar tantas cabezas en su historia.

Ficha técnica:

Dramaturgia y dirección: Ernesto Meléndez

Elenco: María Francisca Acuña, Lorena Erpel, Valentina Parada

Diseño: Claudio RAM Betancourt

Iluminación: Julio Lobos

Sonido: Juan Cano