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Hoy el arte podría ser aún más contemporáneo

Iván Insunza escribe en Hiedra para levantar preguntas sobre el soporte tecnológico a partir de ciertos conceptos del arte contemporáneo.

 

«Hay demasiadas fotos, y no bastantes ojos para verlas. El gran problema de las imágenes es el basurero. Cuantas más fotos hay, más son los basureros. (…) Todos los días tiene lugar un genocidio de imágenes fotográficas sin que nadie llore por eso. La fantasía de ver todo y de conservar todo va acompañada, paradójicamente, por una soberana indiferencia al asesinato de la imagen”

Gérard Wajcman

 

Intro

Vengo aquí a ser optimista. A no creer que vamos a someternos a los medios tecnológicos como hologramas de borregos que siguen la ruta determinada por el código binario. A no creer en que triunfarán las esencias o que no seremos capaces de leer la potencia. Vengo aquí todo esperanzado con cuatro categorías debajo del brazo que le robé a Rancière de su El Malestar en la Estética e intentaré extrapolarlas en nuestro contexto de obligada virtualidad. Son, ya en su origen, caracterizaciones de lo contemporáneo en el arte, a puro voluntarismo e irresponsabilidad filosófica, intentaré llevarlas aún más lejos.

 

Primera: el juego

Sería aquella que, más allá de la potencia de juego que contendría toda obra de arte, permite pensar procedimientos artísticos que se interesan particularmente por los modos del juego. Roger Caillois propone que el juego podría dividirse, entre otros, en aquellos que se basan en alguna destreza que es sometida a competencia, en aquellos que descansan en el azar y otros en el vértigo físico. En general, la teoría del juego ha establecido cuestiones con las que podríamos estar de acuerdo fácilmente: el juego se recorta temporal y espacialmente, se debe saber que se está jugando y la norma dibuja a los que se ponen de este y del otro lado de la ley, jugador, aguafiestas y tramposo, dirá Johan Huizinga.

¿No es acaso una potencia particularmente evidente cuando se trata de pensar el soporte tecnológico que, junto con desplegar sus propias opacidades, contiene normas de programación y funcionamiento que obligan a la interacción humano-tecnología? Sabemos exactamente cuáles son las distancias respecto de nuestras experiencias de co-presencia, pero sabemos también que entrar allí, conectarse, es aceptar jugar el juego, para seguir su flujo o para subvertirlo. El recorte cronotópico ahora no dibuja cartografías medibles en metros, el parámetro temporal implica latencia.

¿A qué y cómo se juega cuando estamos conectados, cómo estar por dentro y por fuera del juego?

 

Segunda: el encuentro

La desmaterialización de la obra, el impulso hacia el acontecimiento y no hacia el objeto, ha generado desde inicios del siglo XX experimentaciones respecto al límite de esa desmaterialización. El artista persigue entonces encontrarse con el visitante, con quien especta. La obra es ese encuentro, ese intercambio, poner en evidencia ese contagio que puede no ser necesariamente verbal como en Marina Abramovic en su The Artist is Present.

Si hay algo seguro en nuestras relaciones virtuales es la imposibilidad del encuentro co-presencial. Así como podemos pensar el aura, en palabras de Mauricio Barría refiriendo al concepto de Walter Benjamin, como una de esas cosas que sólo vemos cuando tiende a desaparecer, la presencia también aparecería a propósito de su ausencia. No tenemos la posibilidad de encontrarnos, sentenciamos. No podemos reunirnos, decimos. Pero nos pasamos todo el día en encuentros y reuniones por Zoom. Vivimos cada encuentro con otros desde la certeza de que no nos encontramos, o no podemos, al menos, en presencia.

Cabría entonces preguntarse por la naturaleza de ese encuentro, esa presencia negada, esa que aparece por no estar. La presencia se juega, primero que todo, en el propio cuerpo. Se trataría entonces de gestionar los vacíos y las grietas que es el único lugar por donde puede entrar el otro, la diferencia. Ese pliegue donde colapsa lo único, donde cae lo fálico, lo que no considera fractura, es una oscuridad que puede ser habitada físicamente, pero también psíquicamente. El 2 es diferente del 1, diría Constanza Michelson.

¿Cómo es esto de encontrarnos sin encontrarnos, encuentro y desfase cómo operan al interior del encuadre, al interior del programa?

 

Tercera: el inventario

Ante el colapso de la representación, donde ésta se muestra como un imposible, o bien como una reversión permanente de lo que ya fue, el artista decide simplemente constatar las cosas del mundo, las pone ahí, las dispone para ser espectadas, para retirarse luego en silencio y dejar hablar el archivo. No tengo nada que decir del mundo, parece decir, sólo certificar la existencia de sus cosas.

Rodrigo Zúñiga plantea que la fotografía digital y su lógica de almacenamiento abre un tipo de relación particular con la fotografía: buena parte de las fotografías que tomamos se almacenen sin que si quiera las miremos una vez. Facebook me muestra un recuerdo de hace un año y ni si quiera logro recordar esa fotografía, ni dónde, ni quiénes, ni yo ahí.

El almacenamiento de archivos digitales y, sobre todo, en nubes o respaldos de redes sociales, es una especie de universo en permanente expansión. Lo es por su alcance y velocidad, pero también por sus misterios, desconocemos el archivo que hemos creado, almacenamos quizás también sin saber.

Pues bien, en tiempos en que vociferamos la necesidad de «activar» el archivo, así en general, como si en el simple hecho de remover el polvoriento pasado ya hubiera mérito, tenemos la posibilidad de activar archivos que incluso desconocemos. Internet no se inventó ayer, llevamos años relacionándonos con un mundo que, ahora, parece haberse apoderado de todo. Pues ahí, donde parece que somos recién llegados a una reunión por Zoom, está nuestra historia y datos, un Yo por revisar, un archivo por activar, una fuente de posibles operaciones sobre el tiempo, sobre la imagen, etc.

Si como piensa Roger Bernat, el presente es demasiado pequeño para que entre todo el pasado y elegir qué cosas queremos conservar es un modo de imaginar un futuro posible, la revisión del archivo, ya no como fetiche sino como una ética, sería una responsabilidad que emana de la propia relación con el archivo, de ese permanente dejar huella digital.

¿Cuál es el inventario del mundo digital, cuáles son mis huellas documentales involuntarias, cuáles son esos rastros de mí que yo mismo desconozco y que de algún modo me esperan?

 

Cuarta: el misterio

Ha vuelto la metáfora, la obra dice algo para decir otra cosa, pero mientras dice la otra cosa, la oculta. La metáfora, que a diferencia de la comparación sólo me muestra al comparando y no al comparado, ahora me lo oculta radicalmente. En una especie de poética radical de la obra abierta, siguiendo a Umberto Eco, no sólo se crean los vacíos, la propia obra parece ser un vacío por descifrar, o por llenar.

La excepcionalidad de cómo experimentamos la vida en estos días, o al menos hasta antes de acostumbrarnos (cosa que afortunadamente el ser humano hace rápido), es un misterio permanente. La incertidumbre de futuro parece ser una metáfora de nada. Relatos distópicos, sensaciones apocalípticas, el fin de lo que no termina de acontecer.

Es un buen tiempo pues para mirar opacidades, para interrogar la oscuridad, mirar el haz de sombra dirá Giorgio Agamben. El desfase con el propio tiempo sería esa condición de contemporaneidad. No coincidamos tan fácil con la expectativa, no estrenemos obras por doquier a través de Zoom, Facebook, Instagram y Youtube, pero tampoco nos quedemos sentados en un rincón de la habitación añorando la presencia perdida, la comunidad rota.

 

Outro

La reflexión aquí desplegada no pretende ser sólo una lectura teórica, más bien persigo que funcione como provocación para la interrogación, en términos creativos, de ese aparato que se nos aparece adelante. Abrir las preguntas, como plantea Zavel Castro.

Y, como última cosa, recordar que el confinamiento nos obliga a ciertas distancias físicas y no necesariamente a una conexión digital permanente, cabría interrogar también lo que está más allá de la pantalla y más acá de esos otros cuerpos temporalmente negados.

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Imagen: el urinario de Trump.

Estudió Cine y audiovisual, es Actor (IP arcos), Magíster en Artes con mención en Dirección Teatral y Dr. - PHD (c) en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte (U. de Chile - Universität Leipzig, Alemania).