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Proyecto de Vida: arribismo sin límites

Fuimos a ver Proyecto de Vida, una obra que sin ser novedosa logra rastrear los elementos que componen a una clase aspiracional sin identidad y difícil de definir, nacida bajo el imaginario consumista de la democracia.

 

¿Qué diferencia hay entre un condominio ubicado en La Dehesa y otro en Chicureo? Uno puede ser definido por antonomasia como el barrio residencial donde vive una parte de la elite económica del país, el otro como un sector que la última década se ha poblado de condominios prefabricados de clases medias altas, aspiracionales, gente de primera generación profesional que hace suyos los intereses de la élite chilena, sin poder ingresar del todo en ella en tanto carecen de los códigos –la cuna, el apellido y las redes de contacto- que los validen.

Precisamente a este sector social retrata Emilia Noguera en Proyecto de Vida, dramaturgia llevada a escena por Cristián Plana, que estará en cartelera hasta el 6 de diciembre en el Teatro UC.

La puesta en escena es un preciso retrato de clase, en buena medida gracias al diseño (Francisca Lazo) y a la realización escenográfica (Claudio Viedma, Ariel Medrano, Juan Pablo Cuevas). La obra inicia mostrándonos el espacio interior e indeterminado de una casa, -casi un edificio-, cuyas paredes de concreto a la vista son una señal del imaginario estético arquitectónico aspiracional: se inclinan por construir casas amplias, llenas de tragaluces, acero cromado, colores blancos y ventanales de vidrio templado. Son casas frías pero funcionales, sin identidad, sin biografía y sin pasado, todo parte de la estética de consumo propia de la clase media, un plagio posmoderno del Estilo Internacional, del “less is more” de Miles van der Rohe, que hoy hace furor en los condominios de veraneo.

Este espacio interior prontamente da lugar a la escena donde habita la familia. El marido, Alberto (Cristián Carvajal), lee el Diario Financiero al desayuno. Es un exitoso ingeniero, tal vez empresario (o con seguridad las dos cosas), que responde a la conformación machista del proveedor familiar: con escasa inteligencia emocional, patriarcal y opresivo, se comunica en el cotidiano en dos claves: o bien aleccionando al mundo sobre cómo hay que ser, o bien pensando la comunicación desde un lenguaje notarial, oficinesco, bursátil. Por su parte, Carolina (Bárbara Ruiz-Tagle), su esposa, encarna el imaginario de la atractiva mujer profesional, deportista (hace running) que se recluye en el hogar al volverse madre. Sin mayor oficio doméstico -Irma, la nana, hace todo-, se las arregla para vivir el día a día.

La obra sostiene un permanente conflicto entre ambos siempre mediado por la indiferencia, la costumbre y claramente, la falta de amor. Pero es la discusión por el sobrepeso de su hijo Luis Alberto (stephany Yissi) el detonante de Proyecto de Vida. Luis Alberto es, además de gordo, un ser andrógino con déficit atencional, que vive empastillado para poder ir al mejor colegio de Santiago y no al colegio que necesita. Porque el niño resulta ser defectuoso, un anormal que debe ser corregido para tener futuro y para volverse, -era que no-, el “hijo de tigre” que Alberto demanda.

En medio del conflicto está Irma (Carmen Disa Gutierrez), la nana de la casa, mujer que aprendió de niña el oficio, pero también a ser explotada, antes por los padres de Carolina, ahora por ella misma. Pero además, Irma es un lugar, un lugar donde Luis Alberto, el niño raro, recibe el afecto que no obtiene de sus padres.

Durante la obra son diversos los procesos de extrañamiento que acontecen para reflejar, sobre todo, el estado mental del niño. Pero la verdadera crisis familiar llega con dos eventos absolutamente comunes. Primero, Irma no llega a trabajar, y su ausencia funciona a modo de sentencia para la pareja, que enfrentados a tener que trabajar el uno para el otro y cada uno para sí, sin explotar a otro, fracasan.

El segundo evento marca el final de la obra, y sucede cuando a Irma le es concedido un día libre. “salga a conversar con las otras nanas, dese una vuelta por el centro” le dice Alberto (el cruce de diálogos es más extenso y es realmente decidor). Sin embargo prontamente es atajada para que en su día libre se lleve al hijo a pasear con ella. Entonces el día libre resulta ser para los padres, quienes no sin cierta culpa y delirio clasista, dudan una vez ya tomada la decisión al imaginar a Luis Alberto secuestrado por la pobreza. En este punto es importante destacar como Proyecto de Vida lesiona severamente la figura del hombre poderoso: sus redes de contacto que sirven para hacer negocios, no sirven para ubicar a la nana y a su hijo.

Proyecto de Vida no es una obra particularmente original o novedosa sobre el tema que trata. Hacer una radiografía de las contradicciones de una clase social y sus miedos es algo que ya han hecho otras dramaturgias. Baste recordar Los Invasores de Egon Wolff. Sin embargo, resulta interesante como Noguera y Plana buscan retratar una clase social muy difícil de delimitar, precisamente porque su falta de identidad y relato biográfico los vuelve completamente amébicos. En este sentido sirve hablar de “proyecto”. Uno completamente fallido.

Ficha Artística

Dramaturgia: Emilia Noguera Berger
Dirección: Cristián Plana
Asistente de dirección: Tomás Labra
Diseño: Francisca Lazo
Vestuario: César Erazo
Diseño gráfico: Gerardo Rivera
Realización de escenografía: Claudio Viedma, Ariel Medrano, Juan Pablo Cuevas
Sonido: Marco Díaz
Iluminación: Juan Carlos Araya
Realización de vestuario: Sergio Aravena
Producción: Javier Ubilla y Verónica Tapia
Duración: 1h05

Actor, Universidad Mayor. Magíster © Teoría e Historia del Arte U. de Chile.

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