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Sensibilidades y feminismos: reflexiones a partir de “Ina” e “Idomeneo”

Iván Insunza vuelve a esta nueva temporada de Hiedra escribiendo sobre dos obras que permiten pensar modos de aparecer, sensibilidades y feminismos.

 

0. Semejanzas y diferencias

Sin mayor planificación, me tocó ver las funciones de Ina e Idomeneo con un día de distancia. Habiendo constatado algunas evidentes semejanzas y diferencias, me propuse pensar, -a partir de dos elementos que de algún modo emanan de las obras-, algunos de los nudos problemáticos que aparecen en lo cercano y lejano entre ambas piezas.

Se trata de dos obras con temporada en espacios, diríamos, “hegemónicos” (Matucana 100 y GAM),  que trabajan bajo la dirección de mujeres, con actuaciones en solitario, también de mujeres y un músico en escena, en ambos casos. Los dos trabajos se basan en textos que abordan la muerte-tragedia, el vínculo madre/padre-hijo y revisan a ratos directa, a ratos tangencialmente, asuntos en torno al género. Ambas contienen en sus discursos autorales (reseñas y/o entrevistas) la intención explícita de hacer dialogar el teatro con otras disciplinas trabajando, además, con la idea de “ritual” en dispares sentidos.

Sin embargo, es evidente que se trata de sensibilidades estéticas radicalmente diferentes (en este punto me gustaría retomar la discusión que abordé en Aparatos expositivos en el teatro contemporáneo: nuevos modos de la metateatralidad) y, por otro lado, si bien ambas parecen dialogar con problemas en torno al feminismo, se trata de distintos feminismos.

1.Sensibilidades

 En el siglo XX, dice Óscar Cornago, el arte quiere ser otro: si la poesía quiere ser realidad escénica, la danza quiere ser drama, la pintura puesta en escena, el cine pintura en movimiento, el teatro espacio para la música. En eso ambos trabajos coinciden, pero lo que me gustaría pensar en este apartado dice relación con la distancia entre lo que podríamos llamar impronta ritual en Ina e impronta electrónica en Idomeneo.

Dicho así muy someramente Ina dialoga con una sensibilidad ritual (en tanto convención) en la medida que arrastra consigo: pies descalzos, vestimentas blancas, gestos híbridos, etc. Su sello es multidisciplinar, pero siempre a partir de ciertos imaginarios culturales que emparentan teatro, trompeta de circo, magia y ensoñación.

Idomeneo es tecnología digital, variedad de colores en la luz, trabajo sonoro. Cabe señalar que la propia voz autoral señala este montaje en la reseña y entrevistas como “un concierto”. Y, claro, no cualquier concierto, uno que evoca algo así como una sensibilidad post-punk de chicle, cocaína, plástico y flúor (caracterización que alguna vez le leí a Constanza Michelson para referirse a los 90’) muy taquilla todo. Si en Ina el espacio se dibuja con naranjas, en Idomeneo es con focos plateados.

Una pregunta interesante aquí sería de qué modo las sensibilidades estéticas, las poéticas escogidas o heredadas, que podemos emparentar con determinados imaginarios claramente definidos, dialogan con las elecciones de los aparatos expositivos de las obras y de qué modo las convenciones pueden aparecer no sólo allí donde resultan evidentes, sino también donde las obras parecen estar logrando escabullirse del dictamen cultural para ser pura “contemporaneidad”.

2. Feminismos

Quizás sea este un aspecto menos evidente en esta estrategia comparativa, sin embargo, dada la contingencia, me parece una discusión tan pertinente como la anterior. Así, rápida e irresponsablemente, diría que Ina afirma una diferencia e Idomeneo una igualdad (implícita), al tiempo que opera como interrupción de un determinado pensamiento humanista.

Dado el escenario actual en relación al movimiento feminista (no solo) en Chile, ya es más o menos conocida esta pugna entre igualdad y diferencia o la discusión entre el “todo suma” (en tanto fortalecimiento del movimiento) y el “no, no todo suma, hay que interrogar cada vez”. En este sentido, la circulación de discursos de la diferencia que caen en argumentos biologicistas, en relación a una esencia o directamente vinculando lo femenino con la maternidad, aparece como conflictiva para un argumento tradicional de reivindicaciones de igualdad. Y con mayor razón para las teorías que desmantelan la propia noción de identidad en base lo que, siendo cultural, se presenta como natural.

A propósito de estas discusiones resulta interesante enfrentar lo que etiqueto como una afirmación de diferencia (que dicho sea, no sólo aparece en la obra Ina, sino en los propios cimientos discursivos del festival internacional de mujeres en las artes escénicas, Mestiza, que organiza el grupo responsable de la obra) y lo que podríamos caracterizar como una afirmación contra-androcéntrica en Idomeneo, y en general en el trabajo de Infante, desde una afirmación implícita de igualdad que tensiona la propia idea de ser humano.

El nudo problemático entre la afirmación de una identidad y su interrupción, está también presente en la discusión que ha establecido Infante, desde Facebook, a partir de la obra Paisajes para no colorear Dirigida por Marco Layera. Si como afirma Infante, una lectura limitada de la performatividad del género (Butler) podría llevar al error de desmantelar, bajo el argumento de ser pura cultura-lenguaje-política, la idea de “ser mujer” (cuerpos signados como mujeres) y si la carga histórica de esa identidad no desaparece espontáneamente al toque de una varita mágica de la deconstrucción, lo que queda por interrogar es precisamente la potencia de esa paradoja.

En muchos ámbitos el feminismo ha permitido que se interroguen las prácticas culturales y no sólo las disciplinas específicas como fenómenos autónomos. He aquí una gran posibilidad, entonces, de indagar la constelación completa de discursos, prácticas, poéticas, éticas y políticas de nuestro teatro. Iniciar de una vez la disputa –como alguna vez le leí a la propia Infante- entre los que creemos que el teatro es rojo con los que creemos que es azul, verde o amarillo. Tomar posiciones y ponderar las discusiones como una potencia. En este sentido, el feminismo también ha venido a desordenar el mapa, afortunadamente.